LA ROGATIVA

LA ROGATIVA

Los ánimos de los parroquianos hervían cada vez que alguien dirigía sus ojos hacia arriba y les recordaba que se las estaban pasando canutas. De un tiempo a esa parte, el cielo se había vuelto azul, completamente azul, de un azul intenso, despejado, reseco. Los extensos pastos, los pequeños huertos repartidos por la zona y los campos dedicados al cultivo del maíz presentaban un aspecto desolador. Estaban a punto de terminar de secarse, por lo que, de no adoptarse las medidas necesarias para remediar la situación, el invierno siguiente sería duro, sobrio, austero, más propio de la Siberia oriental que de un puerto de mar occidental. 

El río, en otras épocas fuente de conflictos e inundaciones, con la riada siempre a punto, a flor de orillas, ahora apenas si arrastraba agua en su caudal. Y a medida que la escasez se hacía más persistente se iba convirtiendo en un arroyuelo de poca entidad, en un pequeño regato que manaba del corazón de la montaña, pero sin la humedad suficiente ni siquiera para lavar los pies de un peregrino. El grano, la tierra, los prados, se-dientos como esponjas, necesitaban un océano de gotas de lluvia que no terminaba de caer. Las fuentes se secaban. El nivel de los pozos descendía de forma alarmante. Un panorama espeso, terrible, sombrío del más crudo secano se cernía sobre el futuro de toda la comarca.

Las viejas del lugar rezaban responsos para favorecer el milagro, encerradas en la iglesia, a pie de reclinatorio, cubiertas por el velo negro del luto como si fueran piojos permanentes de la corte celestial.

Los agricultores más crédulos y devotos, azuzados por el secretario del ayuntamiento, intentaban convencer al cura para que organizara una procesión con rogativas a San Carallás. Pero éste no daba su brazo a torcer. Sabía que el obispo no era amigo del folclore litúrgico y si prestaba su consentimiento y se dejaba llevar por el fervor popular se exponía a recibir una seria y severa regañina o lo que era peor, a que lo destinaran a una parroquia más conflictiva y menos generosa. Y él, allí, se encontraba muy a gusto. Los parroquianos, en un claro intento de soborno de la voluntad celestial, acudían a la misa dominical más cargados que nunca de gallinas, jamones, huevos, pulpos, almejas, etc., es decir, todos los especimenes gastronómicos por los que el párroco sentía una auténtica chifladura. Ni que decir tiene que la despensa ecuménica en aquellos días en nada envidiaba al mayor y mejor provisto de los mercados metropolitanos. Pero el cura era un hueso duro de roer, terco como una mula, y, erre que erre, no cedía y se mantenía en sus trece, sin dar el visado a la celebración.

Pasaban los días y la situación se volvía insostenible. Ni un solo indicio de nubes en el horizonte, ni un vuelo de gaviota tierra adentro, ni un solo crepúsculo empedrado, augurios inequívocos de la proximidad de un aguacero. La fricciones entre el cura y el secretario se hacían cada vez más patentes y evidentes y estallaban al menor roce, a la mínima chispa, a la más leve mirada que se cruzara entre uno y otro. La gente se percataba de que el aire alrededor de ambos dignatarios se hallaba enrarecido, viciado, y sólo un verdadero milagro impedía que llegaran a sacudirse en público en la defensa de sus respectivos posicionamientos.

Aunque la realidad era que el secretario, ateo de inspiración progresista, se frotaba las manos, enardecido por el descrédito que empezaba a sufrir el párroco ante los ojos de la feligresía. Sentía un odio visceral hacia el clérigo y se le revolvían las tripas cada vez que lo veía desde que, en otra época, al principio de la democracia, le amenazara desde el púlpito con la excomunión por haber permitido que se debatiera en el pleno municipal una moción a favor del aborto. Ni que decir tiene que ambos se la habían jurado mutua y solemnemente.

Una mañana, en los muros del pueblo, comenzaron a aparecer pintadas alegóricas a la disputa. Nadie llegó a saber con certeza quien fue el autor, aunque se lo pudiera imaginar hasta el más tonto. Al principio se trató sólo de un cuervo, calvo como el cura, cuyas plumas negras asemejaban una sotana. Luego fue un buitre alado, en actitud de devorar todo lo que se encontraba a su alrededor. Y con posterioridad una caricatura del propio sacerdote vestido de demonio, con una corona de laureles en la cabeza, extasiado como Nerón en la contemplación de un pueblo que ardía en mitad de las llamas del infierno.

La respuesta del sacerdote no se hizo esperar. Él mismo instaló dos altavoces gigantes en la torre del campanario, orientados hacia la casa de su enemigo, a través de los cuales se comenzaron a oír con gran nitidez largas homilías relativas al ateísmo y a la condenación eterna de todos los que escucharan la palabra de Dios y no se convirtieran a la fe. El secretario, cogido por sorpresa, no tuvo más remedio que sufrir aquella larga retahíla de amenazas celestiales mientras podaba las flores en el jardín de su casa y planeaba astutamente su venganza. En un momento dado, unos tapones de silicona para los oídos, comprados en la farmacia, lograron aliviar su acústica penitencia, aunque con ellos no se enterara muy bien cuando llamaban por teléfono o a la puerta de su domicilio.

 La cosa llegó a un punto crítico una noche en la taberna. Los clientes, un poco encendidos por el vino y otro poco por las arengas revolucionarias del fedatario municipal, que los invitaba a una ronda tras otra a cuenta de las arcas del ayuntamiento, intentaron robar la imagen de San Carallás para llevarlo de vía crucis en su ya serpenteante y pagano culto al dios Baco.

Quizá porque ese hecho conmovió la voluntad clerical o por la secreta mano de un ángel que intervino para evitar que la cosa fuera a mayores, lo cierto es que el párroco acabó cediendo a las pretensiones de los feligreses. Y aunque las aguas no volvieron a su cauce, porque no llovió inmediatamente, al menos logró quitarse de encima la agobiante presión popular: las miradas dejaron de ser agresivas cuando se cruzaba con al-guien en el camino y, sobre todo, nadie más le hizo el vacío en la taberna, volviendo a ser admitido en la partida de dominó que, religiosamente, se jugaba todas las tardes a la hora de la copa del coñac y que tanto empezaba ya a echar de menos.

Y así, tras arduos e intensos preparativos, más propios de un acto seglar que de uno litúrgico y en el día señalado, la procesión echó a andar por una larga pista que nace a mano izquierda según se sale del pueblo hacia el río. El lugar era un hervidero de gente. Todos los vecinos lucían sus mejores galas. El sacristán vendía estampas y carteles de San Carallás con la misma generosidad que una estrella de rock firma autógrafos a pie de concierto. Ristras de billetes en pesetas, en dólares, en pesos mexicanos, colgaban prendidos del manto del santo a modo de adorno, en una evidente muestra de la fe que, incluso desde la emigración, habían depositado en el patrono.

Todo el mundo se esforzaba en agradar al cielo. Hasta un coadjutor reclutado como refuerzo en la parroquia vecina logró inscribir su nombre en el libro Guinness de los récord superando la plusmarca de horas pasadas en un confesionario y el número de confesiones escuchadas en un solo día.

Pero lo que más extrañó al cura, y le hizo desconfiar, fue ver al secretario, totalmente reconvertido de su tradicional ateísmo, pululando para aquí y para allá, como una hormiga laboriosa, eléctrica, cuidando hasta del más mínimo detalle: de que los monaguillos no arrugaran las puntillas o ensuciaran los zapatos, de que los costaleros se fueran relevando bajo la imagen, de que la corporación caminase dignamente y guardase el más riguroso orden de protocolo. Era tal la disposición que por un momento el cura dudó y creyó que el cambio bien pudiera deberse a su potente y acústica labor evangelizadora.

La procesión se deslizaba lentamente bajo un sol radiante, espeso, achicharrante ajena a los acontecimientos que estaban a punto de producirse. El camino, al principio, poseía una buena anchura, coincidiendo con las últimas casas de la aldea. Pero enseguida se estrechaba, y ascendía serpenteando por una ladera desnuda, sin árboles, desde donde el paisaje obsequiaba al caminante con una maravillosa panorámica costera. Las montañas cortaban el mar con un cuchillo imaginario, muriendo en forma de abruptos y escarpados acantilados. 

La mezcla de los colores que destilaba la vegetación constituía uno de los principales atractivos del lugar. La belleza de toda aquella explosión dinámica y salvaje de la naturaleza suponía una descarga para los sentidos muy difícil de digerir en tan sólo un momento. De repente, el camino dejaba de existir para transformarse en una sendero de cabras que trepaba monte arriba. Abajo se veía la carretera que conducía al pueblo, de-rramada como una serpiente por el litoral hasta que se separaba y se metía bosque adentro. Varias aldeas y numerosas casas de piedra se esparcían por las laderas. La arena de la playa, los pequeños núcleos de población, la desembocadura del río y el monte conformaban un aglomerado natural muy difícil de describir por sus impresionantes formas.

La extraña comitiva ascendió un poco para luego deslizarse monte abajo, por otra estrecha pista forestal, camino del lavadero. Sí, ciertamente era extraña. Todos los participantes portaban en sus manos cubos, botellas, regaderas y un sin fin de recipientes llenos de agua y eso, a todas luces, no era un detalle muy habitual, máxime con la sequía pertinaz que estaban padeciendo. Pero lo más sorprendente fue ver que a una seña del secretario, de uno en uno, los porteadores de todos esos objetos comenzaron a vaciarlos por encima de la cabeza del santo. Uno tras otro, duchaban a San Carallás, haciendo caso omiso del estupor y la ira del sacerdote, a quien se le empezaban a casar las ideas en la cabeza. Ya no pensaba en que el asunto de los recipientes fuera el producto de una casualidad o para aliviar el calor de los devotos romeros como en un principio había creído.

Con el rostro desencajado y los ojos a punto de saltársele de las órbitas, su primera preocupación fue desvestir al santo de las ristras de billetes y ponerlas a buen recaudo antes de que se mojaran y se perdieran irremisiblemente debajo de la suela del zapato de algún feligrés aprovechado.-¡Ya te pillaré! ¡Ya! ¡Ya te pillaré!- le gritaba al secretario, perdida completamente la compostura, mientras se colgaba una tira azul de billetes de diez mil en la oreja derecha porque ya no le quedaban más sitios donde guardarlos. -¡Ya te pillaré! ¡Ya! ¡Ya te pillaré!- repetía.

Coincidía esta situación con el paso de la comitiva por un lavadero natural, de bastante profundidad, y cuya forma de presa había permitido que se mantuviera con un prudente nivel de agua. Entonces, el secretario, aprovechando el desconcierto del cura y su afanosa ocupación en la recolección de los billetes esparcidos por el suelo, sacó del bolsillo un carrete de hilo muy resistente, como el que se utiliza para las cañas de pes-car. Mandó poner la imagen del revés enroscando el sedal a los pies del santo. Y, hecho esto, ayudado por los costaleros, procedió a sumergirlo repetidas veces en el agua, en la ejecución de la sacrílega superstición popular que dice que para provocar la lluvia no hay nada mejor que bañar a un santo.

Y he aquí que, en un intento de impedir el sacrilegio, hinchado con tanto billete como llevaba en el refajo, el cura hizo un movimiento extraño y resbaló y cayó al agua. Y allí, como no sabía nadar, se agarraba a San Carallás con más devoción que nunca, mientras gritaba: -¡Ya te pillaré! ¡Ya! ¡Ya te pillaré!¡Esta vez si que te excomulgan! ¡Hereje! ¡Asesino!.

Absorta en el desarrollo de estos acontecimientos, la muchedumbre no se percató que desde la costa había comenzado a entrar un banco de nubes completamente grises, de tormenta. En unos minutos el sol desapareció, como en un eclipse. Se levantó un viento extraño, loco, sin una dirección definida. Los truenos estallaron en el aire. Los rayos comenzaron a caer por doquier alrededor de la comitiva. Un árbol se partió en dos, víctima del hachazo de un relámpago y, en su caída, casi aplasta a varios feligreses. El desconcierto era total. Nadie dudaba que se estaba produciendo un milagro pero el que más y el que menos echó a correr monte abajo para ponerse a resguardo de la tromba de agua tan tremenda que se desató desde los cielos.

Mientras tanto, el cura, abandonado de todo su rebaño de almas, aferrado a San Carallás como a una auténtica tabla de salvación, intentaba acercarse a la orilla. Pero tal vez fuera por la mezcla de odio, sorpresa y miedo que corría por sus venas o por la inmensa pelota de papel mojado en la que se había transformado, que no acertaba con los movimientos necesarios para salir del centro de la poza.

Ni los más viejos del lugar recordaban una tromba así. La línea del horizonte pasó de la calma más tranquila a mostrar toda su fuerza de una manera brutal, a ponerse negra como la boca de un lobo. Las gotas parecían grifos abiertos de par en par. En un santiamén cayó una granizada de bolas blancas tan grandes como las de un billar. Unos segundos bastaron para convertir la sequía en inundación. Fue tal la cantidad de agua dulce que el cielo, el río y las laderas de los montes vertieron en el mar que hasta la cosecha marina de almejas y de berberechos pereció intoxicada. En los campos no se mantuvo en pie ni una espiga, ni una mazorca, ni una brizna de hierba.

En tan solo unos minutos el caudal del río se desbordó, ampliando el diámetro del lavadero. Y en su avance arrastró con el ímpetu de la corriente todo lo que pilló a su paso, incluidos los dos bañistas accidentales, el santo y su fiel servidor cada vez más merecedor del cielo a la luz del martirio o purgatorio que estaba padeciendo en la tierra. La gente perdía el equilibrio al correr pendiente abajo e, incluso alguno estuvo a punto de perecer devorado por el barro. El cura lanzó un grito mientras encomendaba su alma a San Carallás y caía por la cascada anterior a la desembocadura del río, junto a la balconada del mirador. Allí, precisamente en ese mirador era donde se había refugiado una gran parte de la muchedumbre que ahora miraba aterrada la soberana torta que se daban el santo y el cura al caer por el precipicio.

Cuando el aire recobró la calma y la gente acudió en auxilio del párroco lo encontraron tendido en la orilla, inconsciente. Eso sí, se mantenía aferrado con tal fuerza y rigidez en los brazos a la imagen de San Carallás que nadie logró separarlos. Así fueron llevados en la ambulancia hasta el hospital comarcal donde, sólo después de inyectarle un potente relajante muscular, los médicos consiguieron que se soltaran.

Arruinada la procesión por los acontecimientos atmosféricos, los romeros iniciaron el regreso a sus casas, enfadados, lanzando imprecaciones al cielo que nada tenían de devotas, a causa de las cosechas ahora definitivamente perdidas. Una vez que llegaron al pueblo, celebraron una reunión de urgencia en el Ayuntamiento. La asamblea vecinal, sin esperar al restablecimiento del párroco, acordó por unanimidad guardar a perpetuidad el santo en lo más profundo de un pozo que había debajo de la sacristía, eso sí, seco, y nombrar una comisión encargada de estudiar la propuesta de un nuevo patrono de consecuencias menos nocivas para la zona.

Desde aquella, cuentan las malas lenguas que, algunas veces, por las noches, suena el chirrido de una cuerda al girar en la polea, como si alguien estuviera sacando algo de un pozo y una nube de velas encendidas destellan a través de la ventana de la sacristía y se escuchan voces como si estuvieran oficiando una misa secreta y nocturna. Y eso a pesar de que ha transcurrido mucho tiempo y el párroco ya no es el mismo. Y todo el mundo sabe que el secretario, jubilado, no se atreve a pasear por el pueblo, después de la puesta de sol, por miedo a encontrarse al fantasma del cura que, agradecido a San Carallás por haberle salvado la vida el día de la procesión, acude en espíritu al pozo, donde éste cumple la condena vecinal para intentar liberarlo.

Abril 2001©Fernando Luis Pérez Poza

Pontevedra. España

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