ALGO SOBRE EL AMOR

ALGO SOBRE EL AMOR

Decía Bukoswski que el amor debería ser algo más que dos trozos de carne friéndose en la misma sartén. Y no me queda más remedio que darle toda la razón. Cuando conocemos a alguien en seguida nos arrojamos al aceite hirviendo, desesperados, con esa ansiedad de patata descolorida que lleva más de una hora pelada sin saber lo que hacer con su destino. Sí. Realmente es así. Todos somos ingredientes principales del guiso de la vida y nos mezclamos y combinamos unos con otras y otras con unos, tratando de encontrar la receta perfecta que nos solucione el menú. Pero no es fácil. A veces equivocamos el aceite y en lugar de oliva virgen empleamos el de soja, un poco más rancio y con más de una aventura en el fogón. Y así no se va a ninguna parte.

El amor es un plato que requiere mucha delicadeza, un punto exacto. Piensa que es preciso cocinarlo como cuando se prepara una ensalada. Ser pródigo en el aceite, justo para la sal, avaro con el vinagre y un loco para revolverlo, o lo que es lo mismo, prodigarte en la ternura, aplicarle la cantidad exacta de humor, huir de los momentos de desencuentro y dejarse arrastrar por la pasión. Pero el problema es que cada uno lo identifica con un plato distinto, y hay a quien no le gusta la ensalada o prefiere un filete bien pasado o a quién le producen ardores de estómago las ostras con champagne, delicia que por cierto podría constituir un magnífico aperitivo en cualquier menú para cualquier fiesta si el hundimiento del Prestige y la ineptitud de algunos no se hubiera encargado de fastidiarlas. 

Estos días, afincado en esta soledad de vértigo que acompaña al aprendiz de  literato, me pregunto si realmente existe el amor o será sólo una entelequia de poetas que nos ayuda a pasar el rato. Le oí un día a un camarero, que se quejaba de no haber estudiado, que él nunca supo lo que eran las letras hasta que se casó y tuvo que firmarlas para comprar el piso. Y el chiste me hizo gracia, porque comprendí que desde el punto de vista del matrimonio existen también varias concepciones de la literatura: hay a quien le gusta leer y ama la verdadera poesía y quien se lo toma como un sistema de no volver a ver una letra en su vida, es decir, practica lo que se define vulgarmente como la técnica del braguetazo.

Cuando era joven tuve un amigo al que todos envidiábamos. Alto, con aires y apariencia de Robert Mitchum en un safari africano, se las traía a todas de calle. Raro era el día en que no ligaba y en su pistola no anotaba una muesca. Era un tipo descreído que ni siquiera se molestó en hacer la mili, mientras los demás chupábamos guardia tras guardia, disfrazados de soldaditos, en la mitad de un pantano que parecía ubicado en el último rincón de ninguna parte. Cuando lo llamaron a filas, simplemente no se presentó. Se limitó a seguir jugando todas las tardes la partida con la pareja de la guardia civil y cuando al cuartelillo se le preguntaba por el muchacho siempre respondían que debía de estar en el extranjero, que por allí no se le había visto el plumero. La suerte siempre le sonreía de cara. Y cuando llegó la hora de su boda encontró una tía forrada de pasta, hija de un mandamás, que le tocó con su varita mágica y lo transformó de prófugo en acaudalado hombre de pro.

No sé que habrá sido de él. Me lo imagino en las Bahamas, tumbado al sol, sorbiendo un daiquiri banana, mientras otros aquí, a pan y cebolla, nos tirábamos los platos a la cabeza cuando sufría algún bloqueo la literatura doméstica y no nos llegaba para pagar las letras del frigorífico, el lavaplatos o el televisor. Pero… Me pregunto…  ¿Habrá sido realmente feliz? ¿Qué estómago puede resistir durante años esa velada forma de prostitución? ¿Se sentirá realizado al hacer un repaso de su vida y comprobar que sólo ha sido un gigoló? 

Desgraciadamente hay mucha gente que se vende por un plato de garbanzos sin pensar en toda la flatulencia que provoca atiborrarse de legumbres y, luego, saciado el hambre, hechos unos cuantos hijos para volver más sólidas las cadenas de su propia esclavitud, comprueba que se ha fastidiado la vida a él mismo y a la persona que ha sido víctima de su gilipollez. Y cuando llega el momento de la separación se da cuenta de que lo único que ha conseguido es un montón de mierda que se encarga de esparcir a los cuatro vientos. Es entonces, cuando veo a alguien en esa tesitura, cuando me acuerdo de la famosa frase de Bukoswki: “El amor debería de ser algo más que dos trozos de carne friéndose en la misma sartén” con la que comencé este artículo.

Noviembre 2002©Fernando Luis Pérez Poza

Pontevedra. España

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