EL MUCHACHO QUE SE HIZO HOMBRE

EL MUCHACHO QUE SE HIZO HOMBRE

Aquella noche, Venancio Cienfuegos se acostó y cerró los ojos. El calor que se apreciaba en el cuarto obligaba a permanecer con la colcha y las sábanas destapadas.  La luna,  blanca y alta, se deslizaba entre jirones de nubes, iluminando la humedad y la niebla. La podía contemplar desde la cama. Había sido un día cargado de emociones, de nuevas vivencias, de sensaciones intensas. La llegada a la residencia, la instalación en la habitación y el contacto con gente nueva y extraña lo habían dejado completamente extenuado. 

Durante el acto de recepción en el paraninfo, lo pasara fenomenal. Sobre todo después de los discursos, de los que no se había perdido ni una coma. No recordaba haber reído tanto nunca, sobre todo con el número del enanito saltarín. ¿Cómo se las arreglarían para hacerlo? Porque eran dos estudiantes, vestidos con la misma ropa y colocados de tal forma que la cara y los pies los ponía uno y el cuerpo y los brazos el otro, así hasta configurar un enano que daba brincos, fumaba y realizaba un sin fin de piruetas a solicitud del público. Luego había cantado hasta desgañitarse, en la misa, y empeñado en plenitud su devoción durante el rosario. Todo era nuevo para él, hasta la compañía de otros muchachos, acostumbrado a vivir prácticamente pegado, como una lapa, a sus padres.

Cuando anunció la decisión de matricularse en derecho, al igual que en su día hiciera su padre, nadie de la familia se opuso. Le correspondía continuar la tradición y enseguida le reservaron plaza en el colegio mayor de la Asunción, en Santiago. Allí estaría bien, dijo su madre. Se trataba de una residencia para estudiantes muy buena, gestionada por gente del Opus Dei, en la que era obligatorio asistir a misa y al rosario todos los días, con lo cual habría menos peligro de que se torciera su destino. Además a ella iban los hijos de los políticos franquistas, amigos y compañeros del padre, y el fomento de esas amistades no había duda le serviría de mucho en el futuro. Esa fuera la valoración de su madre, resignada ya a verlo partir.

Era la primera vez que dormía fuera de casa sin sus progenitores. A él le habría gustado asistir a los campamentos del Frente de Juventudes, pero nunca se lo habían permitido. Su padre, sin levantar mucho la voz, no fuera que lo escuchara algún vecino, le decía que a aquellos campamentos sólo iba la trapallada, los hijos de los falangistas de pueblo, los horteras, y como el Opus no montaba otros alternativos, no le había quedado más remedio que jorobarse. Eso sí, lo habían llevado con ellos varias veces a Roma y a los centros de oración en los que habitualmente realizaban ejercicios espirituales. Fue precisamente en uno de esos ejercicios en los que formulara un voto de castidad a perpetuidad. Él no sabía mucho en qué consistía eso, pero vio que lo hacía mucha gente y  no quiso ser menos. En el colegio tampoco se enterara mucho de la historia, pues como era el típico empollón ejerciera de jefe de clase y eso le valió la enemistad de la mayoría de los súbditos, a los que anotaba en la pizarra cada vez que hablaban en ausencia del profesor.  Y claro, nunca había hecho las suficientes migas con nadie como para conversar sobre el tema en profundidad, así que solamente disfrutaba de unas vagas referencias.

Cuando por fin se rindió al acoso de morfeo, lo hizo con la confianza de  que todos los compañeros se quedarían fritos tan pronto como él, incluso el que le habían asignado para compartir habitación, Fernando, que cursaba segundo de Medicina. En principio era una persona que le había disgustado. Estaba seguro de que se había escaqueado de la misa y del rosario y llevaba el pelo y una boina al estilo Che Guevara. Además era un poco guarro y desordenado, pues guardaba en el armario varias calaveras y huesos que había obtenido en el osario para su estudio y junto a ellos almacenaba medio bocadillo que le había sobrado de la merienda.

-¿Oyes, no tienes miedo de dejar ahí el bocadillo?- le preguntara.

Y él contestó tan pancho, entre risas, señalando las calaveras:

-¿Miedo? ¿A quién? No creo que a ninguno de estos se le ocurra hincarle el diente-

Pero Venancio estaba muy equivocado. Fernando y otros veteranos, que sin duda no poseían el mismo fervor mariano, no se quedaron fritos y esperaron a que los novatos se durmieran y, entonces, a cada uno, le prepararon una pifia. A unos les echaron azafrán en la cara y luego les hiceron cosquillas para que se rascaran en sueños y se extendiera el amarillo que desprende esa especia, de tal forma que a la mañana siguiente parecían verdaderos aborígenes chinos. A otros les metieron el dedo meñique en un vaso de agua, con el objeto de provocarles una rotura de aguas nocturna. A los que estaban despiertos los obligaron a formar en silencio y a recorrer el pasillo central en procesión, con las fregonas al hombro:

-Dominus vobiscum- susurraban los novatos.

-Un ratón he visto- apuntillaban los veteranos.

-Orates frates-

-Ya me lo espantaste-

-Oremus-

-Ya no le cogemos-

Y así con todos, hasta que como colofón a las novatadas, le llegó el turno a Venancio, quien roncaba como un bendito. Pero a este, curiosamente, quizá porque se trataba del compañero de habitación de uno de los organizadores del evento, siguiendo las instrucciones de éste, solamente le untaron el pijama, en la zona de los genitales, con mercromina de color rojo y un poco de salsa de tomate líquida y ketchup, como si fuera sangre, y le permitieron seguir durmiendo.

A la mañana siguiente, cuando despertó, Venancio se asustó al ver toda aquella sangría envolviéndole las partes y dio un grito. Fernando abrió los ojos y lo miró con cara de extrañeza.

-¿Qué pasa?- dijo.

-Mira. He debido sangrar por la noche. Algo me ha debido suceder- respondió Venancio, mientras le ensañaba el desaguisado.

-Bah. Eso no es nada. Será que te ha venido la regla…- lo tranquilizó Fernando.

-¿Cómo la regla? ¿Qué es eso?- preguntó el embadurnado.

-Pues nada. Algo normal. Un aviso de que ya te has hecho un hombre. Puedes estar orgulloso, pues es realmente trascendental . ¿Nunca te habían hablado de ello?- explicó el estudiante de medicina.

-Pues no… La verdad es que no-

-¡Qué raro! Pues aquí hay la costumbre de decírselo a todo el mundo, ya que es un acontecimiento del que debes sentirte satisfecho-

Y a la hora del desayuno, Fernando obligó a su compañero a que explicara a todos los estudiantes, residentes en el colegio, que le había venido la regla y que ya era un hombre, hecho por el que fue felicitado por todos y cada uno de ellos, con palmadas en la espalda, entre grandes risas que Venancio achacó sin duda a la magnífica calidad como compañeros que poseían y a la alegría que les producía el suceso. Lo malo fue cuando, de camino a la Farmacia, a donde se dirigía como un rayo a comprar compresas extraplanas, siguiendo el sabio consejo de su colega de cuarto, se le ocurrió llamar a sus padres, para relatarles la incidencia.

Desde aquella, nadie lo volvió a ver por el colegio, pero el eco de la historia ha dado la vuelta a la tierra entera, y hay quien dice que un automovilista se estrelló allí cerca, aquella misma mañana, al confundir la cara de un muchacho, que salía de una cabina telefónica, con un semáforo en rojo y tratar de detener el coche en seco.

Abril 2002©Fernando Luis Pérez Poza

Pontevedra. España.

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