¡AY, DIOS, MÍO, QUÉ MINISTRA DE EXTERIORES!

¡AY, DIOS MÍO, QUÉ MINISTRA DE EXTERIORES!

Cuando todavía coletean los ecos de la última intervención de la ministra española de asuntos exteriores creo que en el Senado, digna de haber sido televisada al mundo entero para que éste tome conciencia de quiénes son los dirigentes que nos han metido de cabeza en esta guerra, me llegan noticias de que ésta ha comenzado una gira diplomática con el fin de explicar el mismo asunto que motivó su comparecencia ante la segunda cámara parlamentaria de nuestro país. ¿Le explicará la ministra a Turquía y a los demás países cómo se va a enfocar la reconstrucción de Irak de la misma forma qué lo hizo aquí? Porque horreur… Los turcos y los demás contertulios ya se pueden ir preparando para contemplar algo inaudito y por si las moscas, con carácter preventivo, les recomiendo que se tomen  un depresivo, con el fin de no morirse de la risa, al igual que casi lo hacen todos los senadores presentes en la sesión, incluidos los de su propio partido.

Y es que doña Ana del Palacio estuvo sembrada, hasta el punto que si Apio Claudio el Ciego, dictador romano del 312 a.C. al que se le atribuye el primer discurso de la historia del que se tiene constancia, con motivo de la guerra contra Pirro, habría palidecido de seguir vivo y haber disfrutado de la ocasión de  escucharla. Dicen que en el arte de la oratoria lo difícil es dominar los silencios ante el respetable, el público, y algo de eso ha debido leer o le han debido soplar a doña Ana sus asesores, porque no cabe duda que ha intentado ponerlo en práctica. No. No crean ustedes que se quedó callada, en mitad de la intervención porque se le fuera el santo al cielo. No. Realmente lo que sucedió es que todos los santos del cielo debieron de huir despavoridos al saber el tema del que iba a versar su disertación y de ahí la incoherencia de las ideas expresadas. Entre silencio y silencio se repetían los balbuceos. Los sustantivos navegaban sólos, abandonados por unos verbos que no fluían a los labios… Los adjetivos se angustiaban al verse arrojados al aire sin concierto.  El naufragio de la palabra y de la ministra era evidente.

No sé qué autor o novelista francés del siglo pasado soñaba con escribir una novela sin argumento, una novela que se sustentara por sí misma gracias a la belleza de la lírica empleada, ambición que heredaron varios novelistas españoles entre los que cabe destacar Camilo José Cela en su última etapa, cuando quizá ya se le habían agotado las ideas, con la novela a la que yo llamo Madera de Job, en lugar de Boj, porque la verdad es que hay que disponer de una paciencia sin límites para leerla hasta el final. Quizá lo que ha sucedido es que doña Ana intentó también hacer sus pinitos en el género y le faltó la vocación de poeta que manifiestan sus colegas en la resemantización de la que hablaba en mi artículo anterior,”Un nuevo diccionario para la guerra”. Porque si algo nos quedó claro a todos los que la vimos en acción y en inacción es que allí no había argumento, ya que no tiene ni puta idea de lo que van a hacer para reconstruir Irak salvo en lo que se refiere al petróleo. Pero el problema no fue ese, pues a esas carencias ya nos tiene habituado este gobierno, el problema fue que tampoco había lírica y, claro, si una persona te intenta contar una historia sin argumento y sin lírica y aún por encima mete en un fregado como el de Irak a todos los españoles,  lo más normal es que pienses que está loca o que ha perdido la chaveta.

Para completar el día, doña Ana ha manifestado, con respecto a las masacres de la guera, que tiene la conciencia tranquila, al igual que José María Aznar y Ana Botella hicieron lo propio en estos días. Y yo me pregunto… ¿Están dotados  realmente de conciencia estos señores y estas señoras o es que la carencia de la misma les hace creer que la tienen tranquila? Porque pienso, y seguro que ustedes me dan la razón, que siempre está tranquilo aquello de lo que se carece. Y si a eso se le añade que hace poco tiempo, la ministra ha manifestado que los datos más importantes de la guerra son los que se refieren a la subida y a la bajada del petróleo y la gasolina, a uno se le desvanece el diagnóstico de locura transitoria que en un primer momento había establecido, y llega a la conclusión que, además de carecer de conciencia tampoco le queda una pizca de cerebro.

Marzo 2003©Fernando Luis Pérez Poza

Pontevedra. España

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