Crónica de un viaje a México III

CRÓNICA DE UN VIAJE A MÉXICO (III)

Fue difícil encontrar la sede del PRI, como debe ser difícil encontrar cualquier lugar en D.F. Es una ciudad enorme y cualquier conductor, incluso uno que haya sido boy scout de primera clase, y que haya aprendido a orientarse por las estrellas, necesitará plano, brújula y detenerse a preguntar una docena de veces a los transeuntes para encontrar su destino, y aún así lo tendrá crudo. Pero lo importante es, como dicen por allí, “echarle copal al santo, aunque le jumees las barbas” y no arredrarse, en otras palabras, continuar el camino con decisión hasta alcanzar el objetivo. Lo cierto, es que después de unas cuantas vueltas, paradas en las que nos bajábamos a respirar pues los coches iban hasta los topes, una pregunta aquí y otra allá, llegamos al punto de encuentro.
La subida de las escaleras fue gloriosa, yo con las dos maletas colgadas de las orejas y arrastrando el bolso de bandolera por el suelo ya que la colgadera se había bajado del hombro al codo, mientras las cámaras de la televisión lo filmaban todo. Mi apariencia era tan estrambótica que por un momento me sentí tan ridículo como Woody Allen, en una de sus películas, en la que se fuga de la cárcel a punta de pistola fabricada con jabón y teñida de betún un día lluvioso y cuando llega a la puerta final, después de haber cruzado el patio para dar el último pistoletazo y ganar la libertad, se encuentra que en la mano solamente le quedan pompas, con lo que el alguacil lo regresa a la celda. No obstante, me dije a mi mismo algo que acababa de aprender: “no te me agüites, cuate” que tú eres como “el gallo de la tía Cleta, pelón pero cantador” pues en esos momentos si no se da uno “un poco de taco” los demás no te lo van a dar.
Allí estaban los poetas yucatenses y Roberto Resendiz, de Zamora, Michoacán. Con Roberto ya había mantenido algunos contactos pues desde hacía dos años me invitaba al Encuentro de Poesía de su ciudad, del cual es el organizador y alma mater, aunque siempre había declinado, cosa que no haré este año. Y poco a poco, entre vasos de toronja y agua mineral, fueron llegando los demás, y entre ellos, como no, Ernesto Cardenal. Mi gran decepción fue Raúl Zurita, de Chile, que no apareció. Lo tengo junto a José María Memet como uno de los grandes poetas chilenos vivos de la actualidad y, depués de haber realizado yo el estudio “Chile, un país poético”, me hacía ilusión conocerlo y entregarle personalmente un ejemplar del mismo, publicado en la revista Hojas de Luz. Es, además, un poeta que ha puesto difícil el listón de llamar la atención. Después de intentar incinerarse a lo bonzo o con ácido la cara, lo cual le dejó múltiples secuelas, ya poco queda para inventar en ese sentido. Ponerse en pelotas resultaría rídiculo frente a esa actitud, sobre todo si uno no tiene el cuerpo zumbón.
El maestro Cardenal hizo su entrada, pero saludó muy poco, solamente a los que se le acercaron. No me sorprendió, pues los años no pasan en balde y él ya tiene bastantes lustros encima. Así que no tuve tiempo de decirle lo que me habían encargado en España algunos amigos, y es que nunca debió arrodillarse para recibir el chorreo o la reprimenda que le dio el Papa en el aeropuerto de Managua. Pero bueno, para gustos pintan colores y me habría parecido un sin propósito entrarle de esa manera. Así que me reprimí y lo dejé estar sin darle la vara, auque lo suelte ahora.
En el autobús se sentó a mi lado el poeta yucatense Oscar Sauri. Un tío interesante. Me agradará verlo próximamente cuando visite su península, rumbo a Zamora, pues estoy preparando la de dios es cristo para el próximo mes de junio, por aquellas tierras. O al menos eso espero, si mantiene su generosa oferta hospitalaria, realizada mientras trepábamos en bus los mil metros en altura que separan la ciudad de México de Toluca. En el asiento de delante iba una poeta hondureña que se rió de algunas de las gracias y chistes que contamos y con la que después, casi al final de la historia, al mismo tiempo que con otra gente, tendría la oportunidad de compartir cuatro botellas del tequila el Jimador, algo tremendo, en uno de esos antros de perdición que no nos enteramos hasta el último día rodeaban el hotel. ¡El equivalente al quiosko de las almas perdidas en Vigo! Pero no adelantemos acontecimientos.
La llegada al hotel me impactó. A mí no me gustan los lujos. Bueno, no es que no me gusten, para que nadie se lo entienda a mal, como Isabel Miralles en mi primera crónica. No me disgustan, ni tampoco dejo de valorar el esfuerzo del anfitrión en cada caso, ni entiendo que todo el mundo que frecuenta sitios lujosos sea “flor de pitiminí”, pero no los considero indispensables. Me amoldo a lo que haya. En este caso se trataba de un hotel de cinco estrellas, enorme, tal vez el mejor de Toluca. Para llegar a la habitación había que darse un paseo tan grande como el que yo solía hacer habitualmente por las Corbaceiras de Pontevedra, siguiendo el río casi hasta su nacimiento, hasta que la falta de tiempo me obligó a suprimir la costumbre. La habitación, espectacular, con camas de uno ochenta, no llevaba incorporadas zapatillas y body milk, pero sí una buena dosis de alka-setzer, lo cual agradecí en su momento.
Tengo que decir, eso sí, antes de continuar, que yo no soy un ser perfecto. La historia del Dr. Jekyll y Mr. Hide es una constante en mi personalidad. Soy bueno y soy malo al mismo tiempo. No sé por qué, pero así me siento según soplen los vientos. Y aunque tampoco sé por lo que cuento esto, pues en la historia de referencia siempre me comporté como un caballero, no creo que esté de más decirlo.
Aún por encima de la distancia, la altura te dejaba sin resuello. Me preguntaba cómo se sentiría uno haciendo el amor allí arriba, en las alturas, cuando solamente llevar dos maletas en las manos te provocaba un acabamiento digno del mejor sherpa que hubiera alcanzado la cima del Himalaya. ¿Do you understand? Pues eso, como respirar en inglés, pensaba yo que debía ser. O tal vez no, pues en el fondo, uno se encontraba allí mucho más cerca del cielo.

Febrero 2006©Fernando Luis Pérez Poza
Pontevedra. España

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