Crónica de un viaje a México IV

CRÓNICA DE UN VIAJE A MÉXICO (IV)

Cuando llegué a la habitación, con las maletas a cuestas, después de haber recorrido el kilómetro largo (exagerando un poco) que había desde el hall, estaba extenuado. La falta de aire por la altura a la que se halla enclavada la ciudad de Toluca, me había desfondado.
Allí estaba Ignacio Martín, salmantino reconvertido en mexicano, que lleva ya trece años en el D.F. Me cayó muy bien desde el principio y sintonizamos perfectamente. Lina había elegido bien al que iba a ser mi compañero de habitación y a soportar mis ronquidos durante esos días.
Por la noche, los miembros del Sindicato de Maestros nos ofrecieron una cena de bienvenida, con espectáculo de danza incluido, todo luz y color, cena que culminó con la foto de rigor de todos en el centro del salón y, después, ya nos fuimos a dormir, pues el hotel quedaba en las afueras de Toluca y a la mañana siguiente empezaba el ciclo de recitales en colegios y en el salón de actos del Sindicato. Había que estar en forma. Lamenté que Eve Gil, con la cual había mantenido algún contacto por internet no se encontrara bien, debido a una gripe, y no bajara a la cena, pues deseaba conocerla personalmente, pero en la mesa se sentó a mi lado su marido con quien departí amigablemente. Tendría tiempo de charlar con ella en los días siguientes y programar algunas colaboraciones con mi editorial, ya una vez recuperada.
En la cena también escuché por primera vez al maestro de ceremonias del Sindicato de Maestros. Un tío auténtico, capaz de vender lo que se propusiera y siempre con la palabra acertada en la boca o en la punta de la lengua, es decir, “Fernando Zamora Morales”, el nombre del secretario general del Sindicato de Maestros. ¿3.000, 4.000, 5.000 veces se lo escucharía pronunciar en tres días? Me parecen pocas. Al pavo ese le dan un megáfono y lo ponen a vender muñecas chochonas en una feria, y arrasa.
A la mañana siguiente bajamos a desayunar. Había buffet libre lo cual agradecí pues eso me permitió probar, a lo largo del encuentro, muchas especialidades gastronómicas mexicanas. Me encantó la comida. Tanto que a mi regreso traje la maleta llena de una enorme variedad de chiles para poder cocinar aquí las mismas salsas. Los quesongos, tacos con queso y champiñones, se han convertido ya en uno de los elementos indispensables de mi dieta, así como el cilantro. El poupurri de frutas tropicales, absolutamente tremendo, me transportó al cielo.
Pero fue realmente al salir del comedor cuando noté que algo mágico sucedía en mi entorno. ¿Alguna vez han sentido ustedes en un día gris que de repente se abre el cielo y por el hueco sale un rayo de sol esplendoroso que te nubla la vista, te ciega y te deja con el cerebro completamente a pájaros? Pues eso es lo que sentí yo cuando me presentaron a una poeta de Toluca, una niña de 22 años, llamada Miriam Suárez. El rayo de sol que me dejó así fue su sonrisa. Después me comunicaron que ella me acompañaría a dar el primer recital, allí mismo en un colegio de Toluca, crónica de cuyo acto escribió en su blog la madre de uno de los niños del colegio que asistió al recital y que se puede leer (la tercera noticia que aparece en el blog) en la siguiente dirección: http://susanncastillo.blogspot.com/2005_11_01_susanncastillo_archive.html .
Un coche con pinta de oficial nos recogió a los dos en la puerta del hotel. Uno de los poetas previstos no podría asistir y el otro saldría directamente al colegio. Así que, de repente, me encuentro en un país extraño pero que siempre había deseado conocer, en el asiento de atrás de un flamante coche negro con conductor y un maestro del sindicato en actitud de escolta, acompañado de una excelente poeta, como podría comprobar después, y algo así como la reina que había presidido mis sueños desde el momento que nací y me di cuenta de que existían las mujeres. ¡Lástima que aquel encuentro se produjera a mis 47 años, de regreso ya de demasiados sitios, cuando los defectos de uno le van ganando la partida a las virtudes y el horizonte se muestra tan cerca que hasta casi se pisa!
La llegada al colegio fue apoteósica. Por un momento me sentí como Magic Johnson en una final de la NBA. Entre 1.000 y 1.400 niños nos esperaban, sentados en sillas en el patio del colegio, vestidos de uniforme, de punta en blanco, con corbatita y pantalones cortos o falda. Tras la bienvenida de la directora del colegio y el claustro de profesores fuimos subiendo a la tribuna y ocupando nuestro lugar en la mesa presidencial montada al efecto. Por la megafonía se iban mencionando nuestros nombres: -¡Y ahora desde España el poeta Fernando Luis Pérez Poza!, como cuando los jugadores saltan a la cancha, mientras los niños rompían en una ovación de gala. Percibí que Miriam, con la emoción del momento, desprendía un halo de ternura a su alrededor y sentí unos deseos tremendos de abrazarla, cosa que hice completamente pero sólo en mis pensamientos. Parecía una hoja en la madrugada, mecida por el viento, con una gota de rocío dibujada en el centro del corazón. A mí hasta e me asomaron algunas lágrimas a los ojos. Jamás había pensado que viviría una escena así. Los jugadores de la NBA están acostumbrados, los poetas no lo estamos.
Empecé yo y me siguió ella en el capítulo de recitado. Me sorprendió la madurez literaria que desprendía la poesía de Miriam. Después otro excelente poeta de la zona, Luis Antonio García. Tras un descanso y un refrigerio en la sala de profesores, se renanudó la sesión y los alumnos nos sometieron a un largo interrogatorio de preguntas.
Al término del recital, el colegio nos obsequió con un lote exquisito de productos y conservas de la zona y nos hartamos de firmar autógrafos durante más de una hora, hasta que el conductor y el maestro acompañante, nos rescataron de la multitud de niños. Concluía así la mañana del primer día y otra excelente comida nos esperaba en el hotel. Sólo que yo ya no era el mismo, algo nuevo y muy profundo, un sentimiento muy dulce y al mismo tiempo amargo, se había apoderado de mis venas. Sabía que ella era una princesa y yo… pues eso, un poeta que había rebasado el ecuador de la existencia y que sabe que las estrellas del cielo están tan altas que es imposible aferrarse a ellas. Mr. Hide cavaba una sepultura en mis pensamientos y me daba latigazos por dentro hasta convertir en cilicio mis sentimientos.

Febrero 2006©Fernando Luis Pérez Poza
Pontevedra. España

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