Crónica de un viaje a México VII

CRÓNICA DE UN VIAJE A MÉXICO ( y VII- Final)

Todo lo que empieza, termina, aunque uno no quiera y el encuentro Voces para la Educación ya había rebasado su ecuador. Cuando me levanté por la mañana, seguía fatal, pero una vez más eché mano de los medicamentos que llevaba en el neceser y logré recomponer un poco el tipo. Tras un desayuno muy ligero, pues el cuerpo no estaba para mucho festival gastronómico, el coche nos llevó a Sarah y a mí hasta el colegio de Toluca donde recitábamos aquel día. Ernesto Cardenal y William Agudelo se desplazaron en otro vehículo pues tenían prisa, ya que a media mañana debían abandonar el encuentro y salir de viaje rumbo a otro lugar.
En el recital me sentaron junto a Ernesto y, tal vez, fue esa la única ocasión en la que intercambiamos un par de frases. Él estaba preocupado y solicitó que los primeros en intervenir fueran él y William; luego, tras hacerlo, se excusaron y salieron pitando, es decir, visto y no visto. Así que nos quedamos Sarah, Luis Antonio García y yo recitando y contestando a las preguntas de los varios cientos de escolares que se habían concentrado en el polideportivo del colegio. Mi voz era ronca, como salida de las cavernas, con una afonía total, lo que hacía contraste con la voz de Sarah, que en ocasiones emitía sonidos de vicetiple enamorada para delicia y asombro de los asistentes. Mientras recitaba me acordé de Sergio Dalma, Pablo Abraira o todos los cantantes italianos de voz rota que al cantar parece como si estuvieran estreñidos.
En un momento dado, los niños me preguntaron si había logrado enamorar a muchas mujeres con mis poemas, a lo que contesté que a alguna que otra sí, pero que de todas formas estaba soltero y sin compromiso, tal y como solía empezar los mítines, para romper el hielo, cuando trabajaba como sindicalista y me tocaba salir al estrado en una fábrica de conservas cuya población laboral era más de un ciento de mujeres.
Por la tarde, un nuevo acto en el salón del Sindicato de Maestros al servicio del Estado de México y, al final, entrega de regalos y la foto colectiva para el recuerdo. Después, la cena.
Pero he aquí que cuando ya estaba decidido a retirarme a la habitación, vi que un grupo de colegas intrigaba en el hall del hotel y me sumé a ellos. Al día siguiente ya no había que recitar, sino que sería un día de relax, de visita turística a Toluca, y la operación que se planeaba consistía en ir a un “antro”, una especie Sala de Fiestas con espectáculo, con imitadores de cantantes, humoristas y una pista de baile, y que se hallaba situado en el bajo del hotel contigüo, es decir, un acontecimiento que no me podía perder. Me daba igual la tos, la fiebre, la garganta. La presencia de un poeta de la zona, llamado Guillermo, muy corpulento, me ofrecía confianza. Además un trago de Tequila sería, sin lugar a dudas, el mejor desinfectante que podía utilizar para espantar a todos los microbios del cuerpo, me dije.
Los cien metros de explanada casi a oscuras que nos separaban de la entrada al “antro” los recorrí a resguardo de la corpulencia de Guillermo. Cualquiera que contemplara la comitiva desde el frente no habría logrado visualizar ni un pelo de mi perilla. Todo lo más… el destello de una farola extraviada al reflejarse en mi calva como en un espejo. Pero al llegar, quise hacerme el valiente y me adelanté hasta encabezar la expedición, una cuestión que jamás se me debió ocurrir, porque el susto fue mayúsculo. No se lo pueden imaginar.
Así como puse un pie en la entrada, va y se me lanza un tío a la chepa y se pone a meterme mano de una manera descarada. Me toquetea sin ningún pudor la entrepierna, las caderas, las axilas, el pecho con tal pericia que en un segundo había repasado toda la geografía de mi cuerpo sin olvidar ni un mlímetro. ¡Uffff….! ¡La verdad es que me quedé atónito, sin saber cómo reaccionar! Y cuando lo logré, di un salto brusco atrás mientras pensaba… ¡Caray como se las gastan aquí! ¡Esto debe ser un pub gay y están tan salidos que ya no te dejan ni entrar y te atacan en la misma puerta! Y en esas estaba, cuando alguien de mi grupo me dice:
-No te preocupes, tranquilo, Fernando. Solamente te están cacheando para ver si llevas armas- lo cual, por una parte, me tranquilizó, pero por otra sembró de dudas mi cerebro: ¿Es que allí se suele llevar armas cuando se va de baile?
Ya dentro, una flotilla de camareros casi nos descuartiza. Uno tiraba de la manga para llevarte a su zona, otro te abría paso en dirección contraria señalando otra mesa. Había dos camareros para cada persona, sin exagerar, y cada cual quería seducirte para llevarte al área donde servía y así, me imagino, cobrar su comisión por las consumiciones que pidieras. Fue difícil, pero después de la espantada inicial, logramos reagruparnos y acomodarnos en unos sillones.
Generalmente no suelo bailar, pero animado por el Tequila con toronja, que bebí imprudentemente como si se tratara de un simple cubata de rón, eché un par de bailes, hasta que los 3300 metros de altitud a los que se halla situada Toluca, me dejó sin resuello. Luego me senté y disfruté viendo el espectáculo mientras charlaba con los compañeros y compañeras que se acercaban a recuperar fuerzas y tomar otro lingotazo. La realidad fue que cayeron cuatro botellas del Jimador y, al día siguiente, más de uno supimos lo que allí llaman “la cruda” y que no es una simple resaca sino algo que no le recomiendo a nadie. ¡Algo realmente crudo, de difícil digestión!
La lista de los participantes en la aventura nocturna, no la voy a dar, ni voy a contar más detalles, aunque al día siguiente resultaba evidente quienes habían formado parte del grupo descarriado. Tampoco voy a decir quienes se lo pasaron muy bien, regular o menos bien, para no inmiscuirme en camisas de once varas.
Lo cierto es que, al día siguiente, en la visita turística, nos llevaron a ver los vitrales de Toluca pero yo fui incapaz de quitarme las gafas de sol. La luz me torturaba, abría brechas en mi cerebro y me diluía en el océano sin fondo de un tremendo dolor de cabeza. En una tienda de los soportales, cerca de la plaza principal de Toluca, compré una botella de litro y medio de agua y me la bebí casi de un trago. Los microbios debían de estar todavía borrachos cuando el agua los pilló desprevenidos y los ahogó, porque lo cierto es que, a pesar de “la cruda”, comencé a encontrarme mejor. Luego los abrazos de despedida, alguno de ellos muy especial. Voces para la educación se había terminado. Ya sólo me restaba un día en casa de Ylia y el viaje de regreso a España, de nuevo otras doce horas volando por encima del océano en el interior de un montón de hojalata.
Y llegados a este punto del relato, se preguntarán ustedes por qué en la anterior crónica y en ésta ya no aparece la heroína. Pues por una cuestión muy simple. Si este escrito se tratara de una ficción literaria o cinematográfica, el guionista o el narrador, para hacerla desaparecer, podría recurrir como un prestidigitador a cualquier estratagema: No sé, matarla, convertirla en un ser despreciable que no le prestaba atención al príncipe desencantado que la pretendía, obligarla a desvanecerse entre las nubes como un ángel en un proceso de transustanciación con la divinidad o, incluso, retirarla a un convento de clausura, etc. Pero como ésta no es una ficción sino la pura realidad, y la heroína es de carne y hueso, ha decidido ejercer su legítimo derecho a la privacidad, por lo que no la he mencionado más, aún a sabiendas que los dejo a ustedes con la dulzura de la miel o la amargura de la hiel en la boca, si bien para consolarles les diré que tengo una foto de ella subida al Macchu Picchu al hilo de la cual he escrito este poema:

DIOSA DEL MACCHU PICCHU

Alas sobre el cielo,
sobre la niebla, sonrisa
vertical de las alturas
dominando el aire,
el éter, diosa
que camina sin zapatos
por las nubes
y dilata el corazón.

Mi voz se vuelve llanto,
cuando te pienso,
mi abrazo, viento
que se adhiere al sol
cuando te abraza,
mi boca lluvia de azul
cuando te besa
desde más allá del firmamento.

Tu cuerpo enhebrado a la roca
como un mágico vestigio
que destila el universo,
cometa sin hilo que atrapa
la corriente de mi sangre,
enredadera astral
por la que trepan
todas las esencias
y se hunden los abismos.

Marzo 2006©Fernando Luis Pérez Poza
Pontevedra. España
http://www.eltallerdelpoeta.com

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