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ATRAPADO

26 enero 2009

ATRAPADO

Si se lo cuento, no se lo van a creer. Me llamo Venancio, Venancio Cienfuegos. Soy un chaval de dieciséis años con la cara llena de esa terrible enfermedad que se llama acné juvenil, azote de la autoestima adolescente. Pero no piensen que la cuestión se reduce a unos simples granitos. A mí me ha atacado con saña, hasta el punto de que en vez de cabeza, para meterse conmigo, los compañeros dicen que llevo un grano sobre los hombros.

Hace dos días ligué por primera vez. La chica no era muy bien parecida, pero cuando sientes tanta necesidad de desfogarte como yo, y tu aspecto tampoco es el de un príncipe, haces de tripa corazón y actúas , a todos los efectos, como si fuera una miss universo. Todo empezó en el coro del instituto, al que ambos pertenecemos. A alguien se le ocurrió jugar a la cerilla con tan mala suerte que se me apagó  y me vi forzado a cantar el nombre de la enamorada. A mí no me gustaba ninguna en especial. Bueno, en realidad me gustaban todas, es decir, hasta el escuálido palo de una fregona con tal de que llevara faldas. Así que, ante la duda, elevé la vista y mencioné a  la que se hallaba situada más cerca  y no sé cómo, pero lo cierto es que mi confesión le debió de hacer tilín o remover algo en el alma o en algún sitio más interior porque ya no me quitó el ojo de encima en toda la tarde.

Al anochecer ya nos habíamos hecho novios y, sentados en un banco del parque, pillamos una calentura de órdago. Poco faltó para que echáramos humo. Baste decir que terminé con agujetas en las manos y hube de aplicarle un tratamiento de una crema especial a mis labios pues me quedaron completamente escocidos. Habríamos hecho el amor allí mismo si no hubiera sido por el guardia del parque, que siempre anda espiando a las parejas, y porque  ninguno de los dos llevaba en el bolsillo protección. Pero quedamos para el día siguiente.

Aquella noche no pegué ojo pensando en lo que iba a suceder. El tiempo parecía eterno y no se consumía nunca. La excitación era tal que en algunos momentos noté cómo me fallaba el riego sanguíneo en el cerebro. La sangre se había concentrado toda en otra parte. El reloj del campanario daba las horas, lentamente, mientras mi corazón cada vez latía más aprisa. Estaba harto de que todos mis compañeros se jactaran de sus grandes proezas mientras yo, de pardillo, sin comerme un rosco. Por fin les iba a demostrar quien era Venancio Cienfuegos. ¡Veinte y sin sacar! ¡Sí, señor! ¿Pero qué se habían creído?

Por la mañana, mis padres se marcharon de viaje. No regresarían hasta la noche, así que quedaba el piso a nuestra entera disposición. A la seis de la tarde, cuando llegó ella, nos dimos cuenta de que nos habíamos olvidado de comprar los preservativos. Recordé que en el servicio de un bar cercano había una máquina expendedora. Le dije que se pusiera cómoda y que me esperara ya metida  en la cama y bajé a por ellos.  ¡Dios! Ya en el servicio me di cuenta de que no llevaba cambiado. Salí, pero me daba corte pedírselo al barman y luego volver a entrar. Se daría cuenta de que iba a por aquello e igual se lo contaba a mi padre, pues lo conocía. Me tomé el refresco, que había pedido para disimular mi verdadero propósito y justificar la presencia en el bar, y abandoné el establecimiento. Al pagar me facilitó cambio, pero yo ya no me atreví a volver a entrar en el servicio. Sería poco más o menos como colocarse un cartelito en la frente que dijera: “Voy a buscar condones para follar”.

Cinco calles más abajo había otra máquina, en el exterior de una farmacia. Si lograba echar la moneda y sacarlos rápido, nadie me vería. Caminé hasta allí. ¡Jesús, que corte! Me detuve un rato en una esquina e hice como si esperara a alguien. Cuando comprobé que no pasaba nadie conocido me acerqué y metí las monedas precisas, giré la palanca… ¡Me cago en la…! De allí no salió nada. Pensé que quizá se había quedado atrancada la caja y metí los dedos para ver si lograba desbloquearla. Sí. Allí estaba. Estiré los dedos y atrapé una punta. ¡Trágame, tierra! Por la acera venía una amiga de mi madre, una mujer a la que todo el mundo conocía por “La Gaceta”, ya que se sabía los chismes de media ciudad. Tiré con fuerza. Entonces noté que una pieza metálica del interior se movía y me atrapaba los dedos. Volví a tirar, pero resultó imposible.  No sólo no logré sacar la caja sino que los dedos tampoco salieron. Giré y agaché la cabeza para que la cotilla no me viera, pero ella con una sonrisa que parecía una luna de cuarto creciente y en voz alta, como a posta, me dijo adiós con un evidente tono de sorna. Pronto mi nombre circularía de boca en boca y sería la comidilla de todo quisque.

Permanecí un buen rato sin saber lo que hacer. Disimulaba como podía y con la mano que me quedaba libre aparentaba que echaba monedas mientras intentaba liberar los dedos. Me la imaginé desnuda, en la cama. No era guapa, pero a falta de pan buenas son tortas, decía el refrán. ¡Estaba gafado! ¡Tanto tiempo esperando el momento y cuando se ponía a mi alcance…. sucedía esto! Para más INRI era como si a toda la gente conocida le diera por pasar por delante  y a más de uno hube de decirle adiós.

Llevaba media hora allí cuando se acercó un hombre que quería utilizar la máquina y le conté lo que me sucedía. Parecía una persona comprensiva. -No te preocupes- me dijo. -A ver si lo solucionamos-. Pero por más intentos que hicimos resultó imposible. Ya casi no sentía las falanges, el metal apretaba y reducía la circulación sanguínea. 

Poco a poco se fue arremolinando gente alrededor de nosotros. Uno de los espectadores avisó desde el teléfono móvil a los bomberos que, como debían estar aburridos o por desconocer la poca gravedad y el escaso alcance de la emergencia, acudieron con la sirena puesta a todo meter. Eso atrajo todavía a más público y a un tropel de curiosos e incluso provocó que se acercara a filmar lo que sucedía un equipo de la televisión local. Un vecino trajo un bote de spray de tres en uno, ese líquido que se echa en las cerraduras cuando se atascan, pero ni así. Mis dedos siguieron fuertemente asidos por el mecanismo interior del aparato expendedor. Fue entonces cuando el jefe del retén de bomberos decidió soltar la máquina entera de la pared y llevarme con ella a sus locales donde lograron liberarme tras cuatro horas de reiterados intentos. Ni que decir tiene que cuando me metieron en el camión la gente irrumpió en aplausos en medio de un cachondeo, un entusiasmo y un pitorreo generalizado.

Cuando regresé a casa, mis padres ya habían llegado y se habían encontrado a mi amiga en pelota picada, dormida, sobre mi cama. Se conoce que ella tampoco había pegado mucho ojo la noche anterior y durante la larga espera se había quedado frita. Con la máxima rapidez y discreción de la que fue capaz se vistió y se marchó. Lo malo ya no fue eso, sino cuando en las noticias de la tele pusieron un primer plano mío con los dedos enganchados a la máquina de condones. Deseé con todas mis fuerzas que un hada madrina me tocara con su varita mágica y me hiciera desaparecer del mapa, al contemplar la cara de estupefacción que se le plantaba entre oreja y oreja a mis progenitores al verme en aquella situación y por la televisión.

Ahora ya ha pasado todo. Y estoy solo en la habitación. Mañana no sé lo que voy a hacer. Tal vez me compre una careta, pues para hacerme la cirugía estética no dispongo de presupuesto y he de salir a la calle y volver al Instituto. Y lo que es peor, he dejado pasar una oportunidad de oro para desfogarme. Claro que esto me pasa por ser un cortado. ¡Si hubiera ido directamente a  la  farmacia de guardia, con toda la jeta, y pedido un caja de condones, a estas horas el que se reiría de felicidad sería yo y no el resto de los habitantes de esta ciudad!

Junio 2003©Fernando Luis Pérez Poza

Pontevedra. España

UN FENÓMENO PARANORMAL

26 enero 2009

UN FENÓMENO PARANORMAL

Venancio Cienfuegos apenas recordaba nada de lo sucedido durante la conferencia. Ese día, al mediodía había comido un gran plato de ensalada, una más que abundante ración de fabada asturiana y tomado de postre unas cuantas rodajas frescas de melón, ya que en eso consistía el plato del día y su bolsillo no andaba tan suelto como para hacer muchas florituras y pedir a la carta. En realidad, cuando entró en el establecimiento pensaba reponer fuerzas muy frugalmente, unas hojas de lechuga, dos rodajas de tomate y quien sabe si se animaría a medio huevo cocido. Esa misma tarde debía pronunciar una charla y antes de uno de esos eventos sabía por experiencia que era mejor no prodigarse ni abundar en el ejercicio del ritual gastronómico si no quería arriesgarse a pasar un mal rato. Pero el camarero le dijo que no podía pedir sólo la verdura, bueno… que sí la podía pedir, pero que se la iban a cobrar a precio de carta y le saldría en un riñón, y le recomendó fervientemente que encargara el menú completo. Luego si no quería el resto, que lo dejara sobre la mesa. Se lo explicó de manera tan solícita y persuasiva que, ante tal ovillo y madeja de rotundos argumentos, el aquel día aspirante a asceta no pudo negarse.

Hacía calor y pensó que un poco de tinto con gaseosa helada no le sentaría mal, sería un contrapunto fresco que ayudaría a contener la marea de goterones de sudor que llevaban un buen rato resbalándole por las sienes y la frente. Y a fin de cuentas iba incluido en el precio, sería de tontos no aprovecharse y dejar sin saciar la sed. Las botellas tentaban sobre la mesa. Se sirvió y pegó un trago. Dios… Que bueno estaba. Tal vez así se le asentaría  un poco el vientre, pues el día anterior le había atacado duramente a las lentejas y se le agitaban tanto los vientos en el interior como si llevara dentro una centrifugadora. De vez en cuando, levantaba un poco la pierna y dejaba escapar un ñisco, así como quien no quiere la cosa, de esos que parecen disparados con silenciador, ya que no se oyen e incluso tardan un rato en hacer evidente su presencia. Mezclado con el intenso olor a comida que salía de la cocina no se notaría, pensó. Solamente alguno de los más próximos alzaba los ojos del plato, de vez en cuando, y miraba alrededor, interesado, girándola como si fuera un periscopio, como si buscara el origen de un algo etéreo e inconcreto que no lograba descubrir. En un momento dado, el camarero hizo una mueca de extrañeza con la nariz y se acercó al extractor de humos para pulsar la tecla del dos y elevar la potencia del mismo. Eso obligó a Venancio a contenerse un poco y espaciar mucho más los pequeños desahogos.

El vino no le convenía. Si abusaba, luego se le trabaría la lengua, y eso para un orador era como recibir una visita del diablo. Pero la mezcla resultaba tan agradable al paladar y a la garganta, que no pudo resistir la tentación de rellenar el vaso. Tal vez las nuevas burbujas le ayudarían después, en el servicio, a liberar de su condena a las que permanecían atrapadas en un lugar del cuerpo de cuyo nombre habitualmente no quería acordarse. Siempre había padecido del mal de aires. No en vano en el colegio lo conocían por una sensible variación de su segundo apellido. Este era Pedrosa, pero nadie lo llamaba así, sino “Pedosa”, pues no había quien le ganara en buena lid en las competiciones de flatos que realizaban de pequeños.

Cuando llegó la fabada, le falló la voluntad. Vio aquellas alubias del Bierzo retorciéndose todavía en el caldo. El choricillo alegre de Toral de Merayo salpicando el día de color. Su aroma picantón y ahumado trepándole a la pituitaria. Aquello fue una derrota en toda regla. -¡Que sea lo que dios quiera!-masculló entre los dientes, mientras agarraba la cuchara y la hundía en el manjar sin ningún temor a la profundidad. Y no sólo dio buena cuenta de lo que le habían servido en primera instancia, sino que repitió cinco veces y no lo hizo más por pudor y algo de vergüenza, pues el dueño, al ver a un cliente con tan buen apetito, no dudó en salir a saludarle y mencionarle que allí nadie se quedaba con hambre y el menú incluía todas las moviolas que quisiera. Luego llegó el melón, fresquito, en su punto de azúcar, verdadera hidromiel y, rodaja a rodaja, casi se cepilló uno entero. Y no digamos el chupito, primero de licor de avellana y después de turrón, cuando se agotó la botella, obsequio del cocinero que se hallaba en pleno éxtasis ante el improvisado homenaje que le había organizado tan buen gourmet.  Bueno, ni qué decir tiene que si a Venancio, al terminar, le hubieran dado a escoger entre aquello y la gloria, no había duda de que habría elegido aquello.

Lo malo fue cuando miró el reloj. Las seis de la tarde. Imaginó el salón donde le tocaba pronunciar la conferencia, lleno. No le daba tiempo ni a ir al servicio. Pagó lo que rezaba el menú en un cartel de la pared, se despidió de todo el personal con grandes abrazos no sin antes prometer que volvería a aquel establecimiento siempre que pasara por la ciudad,  y se metió de cabeza en un taxi para trasladarse al lugar donde la gente ya le estaba esperando impaciente. Nada más llegar, fue conducido por las azafatas al estrado y tras los aplausos iniciales, comenzó la disertación que en aquella ocasión versaba sobre “Los fenómenos paranormales”.

No había pronunciado nada más que las palabras de presentación, cuando sintió como si alguien girase el mando de la centrifugadora que llevaba dentro y la pusiera a plena potencia. Un enorme retortijón le recorrió el cuerpo desde el vientre a la cabeza y hasta los pies. Se sentía tan hinchado que sabía que si se lo proponía sería capaz de echarse a volar a nada que se propulsara. Supo con toda la certeza del mundo que no le daría tiempo a llegar al servicio, ni siquiera a salir de la sala, pues un solo movimiento bastaría para desencadenar la hecatombe a la que se veía irremediablemente abocado. Y esta vez no había manera de insonorizarlo, como solía hacer en el hotel, tapándose el trasero con una toalla para evitar que lo escucharan los de las habitaciones contiguas. Necesitaba desahogarse a gusto, despachar una ventosidad de una potencia tal vez como nunca nadie recordase y si no ponía remedio a la situación y no le echaba un poco de imaginación al asunto, al día siguiente sería el hazmerreír de medio mundo cuando sacasen la noticia con grandes titulares en los periódicos: ¡Fenómeno paranormal…!

Entonces, se le ocurrió la idea.

 -¿Quieren ustedes saber lo que son los fenómenos paranormales?  Pues ayúdenme a concentrarme. Pónganse en pie y cuando yo les diga griten y repitan con todas sus fuerzas: Booooooooooooooommm, alargando el grito lo más que puedan.

Dicho esto, se acercó al borde la tarima, e incapaz ya de aguantar más, hizo la señal:

 -¡Ahora!

Nada más pronunciar esa palabra,  un booooooooommm enorme salió de las gargantas de todos los presentes, y  de un algún sitio más, y resonó en la sala. La gente percibió que las paredes temblaban y un gran explosión de energía atrapó al conferenciante en su eje  y todo el mundo pudo contemplar como éste se elevaba del suelo y levitaba, llegando a alcanzar en su demostración hasta un metro de altura. Luego perdió el conocimiento y cayó inánime.

Al despertar, Venancio Cienfuegos se encontraba en el hospital y apenas era capaz de recordar nada de lo acontecido en la sala. Los médicos le miraban extrañado pues, después de un concienzudo análisis, le habían diagnosticado un caso rarísimo de asfixia y lo cosieron a preguntas para saber si había utilizado algún tipo de gas especial con el fin de conseguir el éxito en el experimento de la levitación. Según le contaron, el público situado en la primera fila, sufrió también desmayos y hubo de ser atendido en urgencias. Y en la ciudad, hasta los más escépticos no dudaban de que el fenómeno paranormal y la invocación realizada habían concitado a todas las fuerzas del Averno, porque al mismo tiempo que Venancio despegaba del suelo un olor pestilente y horrible se extendía por la sala y obligaba a los bomberos, quienes fueron inmediatamente avisados, a un total desalojo del edificio.

Mayo 2003©Fernando Luis Pérez Poza

Pontevedra. España

LA LLAMADA DEL PLACER

25 enero 2009

LA LLAMADA DEL PLACER

No podía ser. Otra vez. Y ahora el asunto la había pillado en mitad de la calle. No recordaba ya cuantos orgasmos llevaba aquel día. Cuando menos se lo esperaba, notaba aquellas intensas vibraciones entre las piernas que la volvían loca, la ponían a cien y la proyectaban hacia el limbo del placer sin que fuera capaz de controlarse. El delirio se adueñaba de su cuerpo y no había manera de contenerlo. En el autobús se colocaba siempre en la parte de atrás, pues así si le daba el ataque se cubría las piernas con la chaqueta para que nadie pudiera advertir que restregaba una contra otra con auténtico furor. Luego hacía cómo que se agachaba a recoger el bolso o que se le había caído un anillo para esconder la cabeza y sólo los viajeros más próximos se percataban de que allí sucedía algo raro o intuían que le estaba dando un sofoco.

Pero cuando le acontecía en mitad de la calle, sin un lugar cercano donde conseguir algo de aislamiento o intimidad, estaba perdida. La gente que pasaba la miraba, mientras ella jadeaba sola como una posesa, agarrada a una farola o apoyada en un escaparate, y retorcía las piernas como si cada una de ellas fuera una serpiente autónoma. A veces se metía en un portal o en el ascensor de un edificio y lo bloqueaba con el botón del stop hasta que desaparecía del  todo el frenesí, o en una cabina de teléfonos insonorizada, de esas cuyos cristales están vestidos con grandes carteles o anuncios y por lo tanto dejan el interior ajeno a las miradas indiscretas. En una ocasión había probado a ocultarse en el cajero automático de su banco pero, al día siguiente, cuando entró en la oficina a efectuar un ingreso, vio que todos los empleados la observaban con una inusitada atención y esbozaban una sonrisa de complicidad que les bailaba de oreja a oreja. Claro, no se había dado cuenta de la cámara de video que lo filmaba todo y, por lo tanto, todos ellos se lo debían de haber pasado en grande a su costa, como si se hubieran dado una vuelta por el patio de butacas de una sala X de un porno muy especial, espontáneo y sugerente.

Durante una semana aguardó, sin tomar la decisión de acudir al hospital, por si el problema se resolvía sólo. Pero por más agua que bebía y por más veces que acudía al servicio a orinar, no había manera. Y lo cierto es que le daba un corte terrible solicitar ayuda. Vivía en una ciudad, una capital de provincias no muy grande, y allí se conocía casi todo el mundo. Si la atendían en urgencias y se empeñaban en que explicara los síntomas y, lo que es peor, la causa de aquellas febriles calenturas sexuales, se iba a partir de risa toda la plantilla de médicos y enfermeras y, al día siguiente, el secreto que durante todo ese tiempo, con tanto celo y apuros, había intentado ocultar y disimular, sería de dominio público. 

No obstante, pensó que dentro de lo que cabía, había tenido suerte. Todo empezó cuando le contaron un chiste sobre que algunas mujeres, para excitarse, se sentaban sobre la lavadora y ponían en marcha el programa de centrifugado a plena potencia. El tambor giraba e iba alternando las velocidades, de tal manera que generaba muchas vibraciones, hasta el punto que el electrodoméstico se bamboleaba e incluso ejecutaba pequeños saltos sobre el suelo. Ella lo probó y vio que daba resultado. Todos aquellos meneos y sensaciones trepidantes le trepaban desde los muslos hasta elevarla al séptimo cielo, por lo que las lavadoras en su casa comenzaron a durar menos tiempo que en cualquier otra, aún si esa otra era la de una familia numerosa y había tal cantidad de ropa que lavar que no se detenía nunca.

En esas andaba, cuando  un día se le encendió una luz en la cabeza y se le ocurrió aquello. Cogió el teléfono móvil último modelo, del tamaño de un mechero, que había comprado recientemente y que estaba dotado de un sistema de aviso de llamada por vibraciones y lo colocó en un lugar que no era muy habitual para ese tipo de aparatos. Si lo de la lavadora había funcionado, aquello debería resultar soberbio, fue su deducción. Entonces marcó su numero, desde el teléfono fijo. Bueno… Fue tan tremenda  la sensación y la excitación que experimentó que, en el momento culminante, perdió el control, el teléfono se le escapó de las manos y ya no fue capaz de recuperarlo. Y lo malo es que el día anterior había puesto un anuncio en el periódico que rezaba: “Se necesita conductor de automóvil  para alta ejecutiva de empresa, buena remuneración. Interesados llamar al 686 52 06 26, que era el número de su celular”. Así que ahora las vibraciones se producían de continuo y no  paraba de recibir llamadas, unas llamadas de esas largas que prolongaban su martirio, de las que nunca se desaniman, propias de la gente que está desempleada y espera que le den una oportunidad.

Aunque desde luego,  sí que había tenido suerte, pues por precaución, con anterioridad al experimento,  había desconectado el timbre de llamada, porque aun por encima habría sido el colmo que cada ataque se hubiera producido acompañado de  la melodía de un mambo, una cumbia o un chachachá, que eran las que acostumbraba a seleccionar en el menú de tonos. 

Ahora, su único consuelo es saber que algún día al cacharro se le agotará la batería y ella de nuevo podrá descansar tranquila, pues ha quedado saturada para una buena temporada de las buenas vibraciones que le transmite la gente que busca empleo, si bien  sabe que cada vez que pase por delante de la cola del paro sentirá un cierto hormigueo interior.

Mayo 2003©Fernando Luis Pérez Poza

Pontevedra. España

UN AMOR DE INTERNET

25 enero 2009

UN AMOR DE INTERNET

La conoció en Internet, en una lista literaria en la que solía participar. Primero fueron unos cuantos e-mails de tanteo: que si escribes muy bien, que si pones el corazón en tus letras, que a mí también me gusta lo tuyo,  en definitiva, que si patatín que si patatán y, poco a poco, se fueron enredando, casi sin darse cuenta. Ella le envió una foto con un escote que parecía la hucha de San Antonio en el día del Domund, él correspondió con un plano entero a pie de playa en bañador y con calcetín interior marcapaquete.

Todos los días platicaban un rato por el messenguer. La conferencia no costaba, ya que ambos disponían de tarifa plana y conexión por cable. Pero pronto lo dejaron. Le encontraban mucho más sentido al chat escrito. Eran conversaciones serias, sobre literatura, el tiempo, los lugares respectivos en los que vivían. Cada uno al otro lado del océano. Y así se sucedieron las semanas, en unos términos de franca camaradería y amistad  hasta que un día él le tiro de la lengua y ella confesó que algunas noches soñaba con él, se despertaba toda húmeda y lanzaba gemidos de placer como si fuera una loba en celo en mitad del corazón de una luna llena.

Venancio abrió el directorio donde se encontraba el archivo jpg con la foto que Icíar le había enviado. La miró y remiró como había hecho desde el día en que la recibió. Demasiado para el cuerpo, pensó una vez más. La hucha se revelaba pletórica de una carne blanca y sabrosa dispuesta para la colecta, la cintura de avispa en posición de retorcerse como una serpiente, las piernas cruzadas a propósito enseñaban lo justo para provocar que la mirada se perdiera en el vértice más negro y profundo del universo. ¡No se lo podía creer! ¡Había ligado! Y aquella tía lo deseaba, suspiraba por jugar con él a atrapar cometas y a fundir un trozo de eternidad. Imaginaba aquellos labios carnosos, de color rojo manzana prohibida, acariciando el fruto del árbol del mal… y no podía aguantar más. Entonces iba un momento al servicio, se enfundaba un preservativo y volvía a abrocharse la bragueta. Luego regresaba al despacho,  agarraba la palanca del sillón de la oficina y subía el asiento hasta que la entrepierna rozaba con la parte inferior de la madera de la mesa y continuaba chateando con ella. Así evitaba cualquier contratiempo si entraba la secretaria.

Sí. Algún día se encontrarían, le decía, y juntos sentirían estallar más cohetes que en un festival pirotécnico. Recorrería cada centímetro de su piel con caricias más dulces que el terciopelo, con lentitud, sin prisas, con la misma morbosidad que un guardia municipal al ponerle una multa a su ex mujer por mal aparcamiento. Besaría su sien, su oreja, su cuello y se detendría en sus pechos a contar una a una todas las células de la colecta más allá del final  de la ranura del  escote y de la hucha. Y mientras tanto se columpiaba con el asiento de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, de tal forma que cualquiera que lo viera pensaría que estaba bailando la yenka: Izquierda, izquierda, derecha, derecha, adelante, atrás, uhhhh…  un, dos tres… Hum…. Hum…. Ella le respondía todavía con un ardor más encendido, detallando con tanta precisión los movimientos que Venancio llegó a pensar que le leía trozos del kamasutra. Pero, aunque fuera así, a él no le importaba. Era feliz y, además,  Icíar debía saber hasta  latín en lo que respecta a técnicas amatorias porque él estaba aprendiendo cosas que nunca creyó no ya que se pudieran hacer sino ni imaginar. Así que todos los días llegaba a casa tan desfogado que ya no le importaba que su mujer lo sometiera al mismo desprecio sexual de siempre y pasaba olímpicamente de la más leve carantoña o insinuación en la que se pudiera ver implicado con ella.

Hasta que una mañana, en uno de esos lapsos que le permitía el trabajo, mientras navegaba por la red, se la encontró. Era ella, Icíar. Un reportaje entero, con unas fotos en las que aparecía vestida y otras en pelota picada, como dios la trajo al mundo y la quisiéramos la mayoría de los varones. Pero no se llamaba así, sino Sandra. Entonces lo comprendió todo y cuando a última hora de la jornada de la  tarde se conectó con ella, como era habitual, se lo echó en cara.

-¡Eres una farsante! Me has enviado la foto de una tal Sandra, que figura en la web denominada sandrasex, y te has hecho pasar por ella para divertirte a mi costa. No tienes perdón. ¡Falsa, que eres una falsa!

-Sí. Reconozco que te he mentido en lo de la foto y en casi todo lo demás. Tengo noventa y cuatro años y como comprenderás o actúo así para entretenerme, porque a pesar de mi edad también tengo derecho a disfrutar de la vida, o me dedico a sacarle brillo a la dentadura postiza lo cual no me apetece mucho. Y por cierto, si ves a Luis, el macho ese tan potente que aparece en la web hombres/sex/luis y cuya foto en bañador quisiste hacer pasar por tuya, dile que se quite el calcetín con el que trata de exagerar el paquete, que se le nota mucho que es de fantasía y para ligar así va a tener que ponerle muchos sellos.

Mayo 2003©Fernando Luis Pérez Poza

Pontevedra. España

EL DIRECTOR GENERAL

25 enero 2009

EL DIRECTOR GENERAL

Cuando alguien lea estas palabras que en un último acto de desesperación escribo, no se lo va a creer. Me hallo rodeado de gente, en plena Avenida de Les Corts, en la ciudad de Barcelona. Me asfixio, me muero y nadie se da cuenta. Los transeuntes pasan a mi lado, ajenos por completo a la desgracia que me acontece. Grito, pero no me escuchan, nadie me oye, es como si todas las personas se hubieran convertido en seres extraterrestres desprovistos de los más elementales sentidos. ¿Pero que pasa? ¿Es que están ciegos? ¿Es que acaso no me ven? ¿Pero no se percatan de quien soy? Soy yo, Venancio Cienfuegos, un tío importante, director general de inmigración. ¡Oigan! ¡Escúchenme! Nada… Todo parece inútil… He perdido ya la esperanza de salir con vida de esta trampa que me ha preparado el destino y que me conducirá inequívocamente a una muerte lenta, terrible, por  asfixia, como si yo fuera un vulgar “sin papeles”  intentando pasar la frontera de extrangulis, en un compartimento secreto de los bajos de un camión.

Deshago el nudo de la corbata y me la quito. Es de seda, de El Corte Inglés. Vamos, un auténtico sablazo. ¿Pero qué dirían en el Ministerio si llevara como Rodríguez, una de esas baratas, compradas de saldo en Venecia y que al hacer el nudo se te quedan como un macarrón sifilítico, todas retorcidas? Ahora no me sirve de nada, salvo para ahorcarme con ella y terminar cuanto antes el suplicio. La gente mira hacia donde estoy con admiración. Les llama la atención el sitio donde me encuentro. Pero… ¿Para qué quiero yo tanta admiración, si a fin de cuentas van a permitir que la palme sin hacer nada por remediarlo?

Estoy acojonado. ¿Y si hubiera infierno? ¿Y si dios  me aguardara en la aduana del cielo y me pidiera una indulgencia plenaria a modo de visado?

¡Qué tonto fui! Con lo fácil que me habría resultado durante la estancia en el seminario cumplir el precepto de escuchar misa y comulgar los nueve primeros viernes de mes de alguno de aquellos años. Ahora, aunque haya cometido las más atroces y terribles tropelías, obtendría la salvación eterna y hasta es posible que San Pedro me nombrara furriel o gerente general del negociado de tránsitos, que para algo me habrá de servir la experiencia al frente de la dirección general.

He colocado un cartel, pero como si nada. Dice: ¡Socorro, que alguien me ayude! No quería hacerlo, pues como logre salvarme y se entere de esto algún periodista que no sea de la cuerda, se me va al garete la carrera política, y lo que es peor, me funde el presidente, por convertirme en el centro de la chirigota nacional y contribuir a que el personal se mofe del gobierno. Y si no salgo, ya me imagino al resto de los colegas conteniendo la risa durante el funeral, que no se pueden hacer una idea de la maldad y la mala leche que almacenan algunos entre pecho y espalda. Y, lo que más me duele, pensar en esos comunistas de mierda relamiéndose:

-¡Quien a hierro mata a hierro muere!- dirá más de alguno de ellos. ¿Pero qué se habrán creído? Si ellos gozaran de mi posición chuparían del frasco lo mismo que cualquier hijo de vecino. ¡Vamos hombre! O esos socialistas blandengues que dimiten a la primera sospecha. En política hay que ser duro y aguantar, resistir hasta el final y negarlo todo aunque te pillen con la maleta llena de dinero en el aeropuerto de El Pratt y un billete para desaparecer en las Quimbambas. Esto no hay quien lo cambie, hagas lo que hagas. Si la tarta ya está repartida. Desde el principio de la democracia la proporción de votos que recibe cada partido es practicamente la misma y lo único que la hace fluctuar un poco es la abstención. Aquí los que cuentan son los españoles, que son los que votan, y si se trata de fachas mejor que mejor. El resto como si se ahogan en el estrecho o les meten un pepinazo en la frente en Irak. ¡Qué más dará unos negritos más o menos! Nadie lo va a notar. Los españoles, con carnet de identidad y los papeles en regla son los únicos que tienen derecho a buscarse la vida y, aún así, que espabilen, que si están en el paro es porque les da la gana. No cabe duda de que yo suprimiría las prestaciones por desempleo, si no fuera porque luego se nos subirían a la chepa los sindicatos, y eso que los untamos a base de bien con la disculpa de los cursos de formación.

Pero bueno, debo suavizar mi discurso mental, que si resulta cierto lo que predica la religión sobre la igualdad y existe dios, voy jodido. De aquí derechito al infierno. Jope. El aire se consume. No funciona nada. Esto ya parece el departamento del AVE Madrid-Barcelona en el Ministerio de Fomento.

Ja… Ja… Ja… Hasta estos momentos hay que tomárselos con una cierta veta de humor. ¿Qué combustible utilizará Satanás para las calderas? Porque si es petróleo le diré que tengo recomendación ante Bush y a lo mejor me hace un trato especial, ahora que los aliados nos lo empezamos a llevar “crudo” de Irak… Ja…. Ja…. Ja… Nunca mejor dicho. Algo raro sucede aquí. No puede ser que me esté muriendo y cada vez sienta más necesidad de reír. Ja… Ja… Ja…. ¡Uyyyyyyyyy! Ja… Ja… Ja…. ¡Que me troncho!

Noto como si flotase. Esto es como lo de aquel chiste del condenado a morir en la cámara de gas al que encierran en una habitación sin techo para la ejecución y al ver el cielo abierto se desmelena a carcajadas, hasta que el verdugo le dice:

-¡Sí! ¡Tú ríete, que ya verás cuando empiecen a caer las bombonas por arriba!

La llama del mechero ya casi no resiste encendida. Se acaba el aire y con él mi vida. Quién lea esto pensará que estoy chiflado y, en cierto modo, tal vez tenga razón. Porque hay que estar loco para llevar la existencia de uno por los derroteros que yo la he llevado. Siempre obsesionado con trepar, llegar a ser alguien importante y llenarme los bolsillos a tres carrillos, mientras miles de seres se mueren de hambre y cientos de pateras se hunden en el estrecho. Ahora sólo me resta esperar, dentro de nada tal vez ya como un cadaver, a que venga el chófer y logre arreglar la avería del ordenador que controla los mecanismos electrónicos del coche oficial, en el que estoy atrapado. La gente no sabe que me encuentro dentro, oculto a sus miradas gracias a los cristales ahumados. Las puertas y ventanas así como los sistemas de ventilación permanecen bloqueados a causa de la avería. El blindaje aisla todos los sonidos y nada funciona. ¡Maldita tecnología! Estoy aquí atrapado y me asfixio, me muero. El oxígeno se consume a marchas forzadas, pero tal vez tenga suerte y dios no exista y la muerte sólo sea una eterna condena a la más absoluta nada y entonces que me quiten lo bailado.

Mayo 2003©Fernando Luis Pérez Poza

Pontevedra. España

EL SILBIDO

25 enero 2009

EL SILBIDO 

Pichi era un personaje pintoresco de esos que todo mortal se suele encontrar a lo largo de la vida y que pueblan de anécdotas la memoria. Le faltaba bastante para llegar al metro cincuenta,  hasta el punto que cuando fue al tallaje, con motivo del servicio militar, ni siquiera  se molestaron en medirlo: de una sola visual el médico militar lo declaró no apto. Llevaba una larga melena rubia y cuando se encontraba un amigo por la calle, acostumbraba a frotarse las manos y a decir en voz alta:

 -¡Va a haberlas negras! ¡Va a haber sucessssos! ¡Va a haber sssssangreeeeeee!- frases con las que trataba de anunciar que en su mente bullía algún conato de juerga o divertimento en el que no cabía duda desembocaría el día.

En carnavales nos lo pasábamos en grande con él, pues los amigos aprovechábamos su aspecto, y el poco aguante para la bebida del que disfrutaba, para emborracharlo y, cuando ya no se enteraba ni de la jota, lo embutíamos en un peter pan o malla de bailarín de color rojo rechamante, le rodeábamos los tobillos con dos tiras de piel de vaca y le anudábamos al cuello los restos de un abrigo de visón. El atuendo se completaba con un gorro envuelto en papel de aluminio, del que se usa para envolver los alimentos, de tal forma que Pichi pareciera talmente Asterix y el cachondeo general estuviera asegurado. Después, durante varios días, recuperado del entuerto, él se sentía feliz, pues aunque no recordaba de la misa la media, notaba que era tratado por todo el mundo con la deferencia que se reserva para con los actores, artistas principales o primeras figuras de cartel de cualquier espectáculo o circo de renombre, e indudablemente eso le gustaba.

Pero, a pesar del buen humor del que siempre hacía gala, en el fondo de su corazón llevaba clavada una enorme y dolorosa espina, un puñal que le atravesaba la médula de parte a parte, una dura sin razón para su existencia: las mujeres. Y era que ninguna le hacía caso o lo tomaba en consideración, ni siquiera para echar un cohete. Y lo que más le reconcomía era ver y saber que hasta el cura, al que ayudaba en las celebraciones desde siempre gracias a su inmutable apariencia de eterno monaguillo, se comía más de algún rosco de vez en cuando por no decir a menudo o con más frecuencia que cualquier casado.

A veces, para entretenerse, después de los oficios, Pichi, se escondía detrás de una cortina, junto al confesionario, de tal manera que podía escuchar las confesiones que las feligresas le formulaban a Don Anastasio, el párraco. Lo que oía era mejor que una película porno, pues el cura estaba de buen ver y más de una requería por el conducto confesional los servicios del mismo o aprovechaba para concertar una cita. Primero le contaban los pecados y todos los cuernos que habían puesto, con pelos y señales y todo lujo de detalles, hasta que el confesor se ponía a cien por hora y no podía controlarse. El servidor de dios, además de ser un religioso era también un hombre, a fin de cuentas, y como tal no estaba dispuesto a perderse una de la exquisiteces de la existencia humana, así que a toda buena moza y no tan buena que viera un poco ligera de cascos y que le entraba de esa manera no dudaba en tirarle los tejos.

Y he aquí que una tarde, Pichi, escuchó cómo concertaba una cita. Se trataba de la Eusebia, el pendón mayor del pueblo. Ella, al igual que ya había sucedido en otras ocasiones, avisó Don Anastasio para que acudiera a su casa y se colara por la ventana de su habitación a la seis de la tarde, hora en la que se presumía no se encontrarían allí ni su hermano ni su marido.

-Tú tira primero un guijarro al cristal de mi ventana. Si no sucede nada, entra, que yo ya estaré preparada en la cama, pero si escuchas varios silbidos lárgate, pues eso será señal de que hay moros en la costa y que mi hermano o mi marido todavía no se habrán marchado, y ya sabes como se las gastan, que son capaces de dejarte el cuerpo lleno de perdigones.

A Pichi se le encendió el espíritu, pues la habitación a la que se refería la Eusebia se hallaba situada en la planta baja y él conocía un árbol desde el que se podía observar con detenimiento toda la operación. No era la primera vez. Así que con algo de antelación a la hora prevista tomó posiciones junto al nido de un jilguero y esperó.

Al cabo de un rato vio como el cura saltaba el seto y penetraba en el jardín. Allí cogió un guijarro y, con la baba casi colgándole de la comisura de los labios, pues la Eusebita poseía unas curvas muy pronunciadas y estaba la mar de cachonda además de saber latín en los asuntos relativos al kamasutra, lo lanzó. Pero no consiguió su proposósito y no acertó con el cristal hasta el tercer intento.

Fue entonces cuando a Pichi se le encendió una lucecita en el cerebro y… silbó, silbó como nunca lo había hecho en su vida, hasta desgañitarse, hasta la extenuación, con un tono que haría palidecer al mejor y más cantor de los ruiseñores. Y cuando vio que el cura preso del terror escapaba corriendo, creyendo que en breve saldrían con la escopeta en la mano los celosos guardianes de la Eusebia, Pichi se encaramó a la ventana  y se introdujo por el hueco que había quedado después de que alguien la hubiera abierto desde dentro. Y, ya casi a tientas, se echó encima de aquel bulto carnoso y excitado que lo esperaba con las piernas abiertas de par en par.  Fue así como mi amigo puso fin a sus desvelos e inexperiencia, pues la agraciada vio que no todo era corto y pequeño en aquel pitufo sin sotana que se le había colado por el ventanuco y algún sitio más, y desde aquella lo apreció como si se tratase de una bula eterna.

Abril 2003©Fernando Luis Pérez Poza

Pontevedra. España

UN EPISODIO CON NOCTURNIDAD Y SIN ALEVOSÍA

25 enero 2009

UN EPISODIO CON NOCTURNIDAD Y SIN ALEVOSÍA

Me desperté a punto de alcanzar el orgasmo. Ella gemía de satisfacción, todavía envuelta en la nebulosa del sueño. El vaivén era continuo. Casi de olas y espuma. La habitación permanecía completamente a oscuras, como si las paredes trataran de cerrar los ojos y no ver lo que allí estaba sucediendo. Hacía semanas, meses quizá, que no disfrutaba tanto. Sus piernas se enredaban en las mías, gateaban por ellas. Mi esqueleto se  desarmaba sumergido en el volcán de su pubis. El alma se retorcía de éxtasis. Aquello sabía fantástico.

Sentía su piel más suave que nunca y quizá, por la posición, una variante del misionero, los pechos se me antojaron más puntiagudos, de pera limonera bien madura a punto de caer del árbol. Los acaricié, con toda la ternura del mundo volcada en los dedos. Ella se removió como si fuera una culebra en plena ejecución en la silla eléctrica. En la casa de la vecina el reloj marcó las doce campanadas. Una… Dos…. Cuatro…. Hmmmmm…. Fantástico… Nueve… Ehhh…  doce… Hmmmm….. El gong cesó, pero yo seguí contando… Trece… Hmmm… Catorce….  Esa noche sonara muy cerca,  como si la estupenda vecina de la letra A hubiera dejado la ventana del patio interior abierta. En plena faena me vino a la mente su silueta. ¡Qué buena estaba!  Me preocupó que nos pudiera oír en pleno cambalache. Yo era tan cortado que al día siguiente me ruborizaría al encontrarme con ella en el portal o en la escalera.

Por un momento pensé que había regresado a la época de recién casado, cuando los asaltos nocturnos se sucedían sin tasa ni tregua y te despertabas varias veces en la misma noche a punto de catar un trozo de eternidad. La textura del camisón me resultaba especial. Era nuevo y un poco más corto de lo habitual, una especie de salto de cama. Facilitaba mucho la operación. Noté su humedad de sirena ardiente resbalando por mis muslos. Al abarcar su cintura con mis brazos, me di cuenta de que había adelgazado un poco. Los michelines escaseaban por no decir que habían desaparecido. ¿Tanto tiempo hacía que no nos embarcábamos en una aventura de aquellas? ¡Con lo rico que estaba! Eso me estimuló. 

Olía mejor que nunca. A ramo de violeta celestial. Todo su cuerpo exhalaba ese aroma. Me envolvía. Un nuevo perfume.  Hmmmm….. Fantástico. Esta noche ya no se borraría nunca de mi memoria. Se escuchaba el rumor del mar al derramarse en la playa…. Glorioso…  Ahhhhhhhh…  Parecía más cerca, como si viviéramos en la parte norte del edificio, que daba directamente al océano.  Cuando compramos el piso no había disponible ninguno de los que orientaban sus ventanas a la fachada y nos conformamos con este, que daba a la parte trasera. Ella gemía una y otra vez y volvía a gemir, sumergida en una especie de carnaval multiorgásmico. Qué diferente resultaba todo. Eso me elevó, me proyectó hacia el infinito y convirtió mi interior en un jardín pirotécnico. Entonces, en plena celebración de la cumbre, cuando en una soberbia traca final rompíamos al unísono, noté que ella se despertaba y estallaba en un atronador grito de placer mezclado con angustia:

– ¡Socorroooooooooooooo! ¡Socorrooooooooooo! ¡Socorroooooooooo…  que me violan!

La bajada fue espeluznante. Me quedé frío. Aquella no era la voz de mi mujer. La solté inmediatamente.  Alargué el brazo para encender la luz, pero no encontré el interruptor. ¿Dónde demonios se habría metido la lámpara?  Sentí un flash y la estancia se iluminó. Allí estaba, frente a mí, chillando como una loca o posesa y una mueca en el rostro en la que se entremezclaban a rabiar la incredulidad, la sorpresa, el miedo y el placer. Era la vecina de la letra A. Yo apenas acerté a balbucear:

-¡Perdón, me equivoqué de piso!- y agarré el pijama y salí corriendo. 

Al cabo de un rato, la policía llamó a la puerta de mi casa y me llevó detenido, acusado de violación. Padezco un tipo de epilepsia que a veces me produce un estado crepuscular muy parecido al sonambulismo, durante cuyos episodios pierdo la consciencia y el control de la voluntad. No sé si el juez aceptará el certificado de mi psiquiatra en el que se avala esta circunstancia. La verdad es que es muy difícil convencer a nadie de que durante una de mis crisis salté desde mi dormitorio al patio interior y desde allí a la cocina de la vecina y a su cama. El resto de los hechos ya los conocen ustedes. Pero es la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Ahora estoy en libertad bajo fianza y todos los vecinos me miran con desconfianza. Hasta el vecino del cuarto D, que está soltero, ha cambiado la cerradura por temor a llevarse una sorpresa. Y mi mujer, cuando trato de explicarme, me dice:

-¿A ver? Si te equivocaste de piso… ¿A cuál ibas? ¿Con qué otra vecina andas enrollado? Y quiere separarse de mí. ¿Qué puedo hacer?

Abril 2003©Fernando Luis Pérez Poza

Pontevedra. España