Archive for the ‘México, noviembre 2005’ category

Crónica de un viaje a México VII

8 febrero 2009

CRÓNICA DE UN VIAJE A MÉXICO ( y VII- Final)

Todo lo que empieza, termina, aunque uno no quiera y el encuentro Voces para la Educación ya había rebasado su ecuador. Cuando me levanté por la mañana, seguía fatal, pero una vez más eché mano de los medicamentos que llevaba en el neceser y logré recomponer un poco el tipo. Tras un desayuno muy ligero, pues el cuerpo no estaba para mucho festival gastronómico, el coche nos llevó a Sarah y a mí hasta el colegio de Toluca donde recitábamos aquel día. Ernesto Cardenal y William Agudelo se desplazaron en otro vehículo pues tenían prisa, ya que a media mañana debían abandonar el encuentro y salir de viaje rumbo a otro lugar.
En el recital me sentaron junto a Ernesto y, tal vez, fue esa la única ocasión en la que intercambiamos un par de frases. Él estaba preocupado y solicitó que los primeros en intervenir fueran él y William; luego, tras hacerlo, se excusaron y salieron pitando, es decir, visto y no visto. Así que nos quedamos Sarah, Luis Antonio García y yo recitando y contestando a las preguntas de los varios cientos de escolares que se habían concentrado en el polideportivo del colegio. Mi voz era ronca, como salida de las cavernas, con una afonía total, lo que hacía contraste con la voz de Sarah, que en ocasiones emitía sonidos de vicetiple enamorada para delicia y asombro de los asistentes. Mientras recitaba me acordé de Sergio Dalma, Pablo Abraira o todos los cantantes italianos de voz rota que al cantar parece como si estuvieran estreñidos.
En un momento dado, los niños me preguntaron si había logrado enamorar a muchas mujeres con mis poemas, a lo que contesté que a alguna que otra sí, pero que de todas formas estaba soltero y sin compromiso, tal y como solía empezar los mítines, para romper el hielo, cuando trabajaba como sindicalista y me tocaba salir al estrado en una fábrica de conservas cuya población laboral era más de un ciento de mujeres.
Por la tarde, un nuevo acto en el salón del Sindicato de Maestros al servicio del Estado de México y, al final, entrega de regalos y la foto colectiva para el recuerdo. Después, la cena.
Pero he aquí que cuando ya estaba decidido a retirarme a la habitación, vi que un grupo de colegas intrigaba en el hall del hotel y me sumé a ellos. Al día siguiente ya no había que recitar, sino que sería un día de relax, de visita turística a Toluca, y la operación que se planeaba consistía en ir a un “antro”, una especie Sala de Fiestas con espectáculo, con imitadores de cantantes, humoristas y una pista de baile, y que se hallaba situado en el bajo del hotel contigüo, es decir, un acontecimiento que no me podía perder. Me daba igual la tos, la fiebre, la garganta. La presencia de un poeta de la zona, llamado Guillermo, muy corpulento, me ofrecía confianza. Además un trago de Tequila sería, sin lugar a dudas, el mejor desinfectante que podía utilizar para espantar a todos los microbios del cuerpo, me dije.
Los cien metros de explanada casi a oscuras que nos separaban de la entrada al “antro” los recorrí a resguardo de la corpulencia de Guillermo. Cualquiera que contemplara la comitiva desde el frente no habría logrado visualizar ni un pelo de mi perilla. Todo lo más… el destello de una farola extraviada al reflejarse en mi calva como en un espejo. Pero al llegar, quise hacerme el valiente y me adelanté hasta encabezar la expedición, una cuestión que jamás se me debió ocurrir, porque el susto fue mayúsculo. No se lo pueden imaginar.
Así como puse un pie en la entrada, va y se me lanza un tío a la chepa y se pone a meterme mano de una manera descarada. Me toquetea sin ningún pudor la entrepierna, las caderas, las axilas, el pecho con tal pericia que en un segundo había repasado toda la geografía de mi cuerpo sin olvidar ni un mlímetro. ¡Uffff….! ¡La verdad es que me quedé atónito, sin saber cómo reaccionar! Y cuando lo logré, di un salto brusco atrás mientras pensaba… ¡Caray como se las gastan aquí! ¡Esto debe ser un pub gay y están tan salidos que ya no te dejan ni entrar y te atacan en la misma puerta! Y en esas estaba, cuando alguien de mi grupo me dice:
-No te preocupes, tranquilo, Fernando. Solamente te están cacheando para ver si llevas armas- lo cual, por una parte, me tranquilizó, pero por otra sembró de dudas mi cerebro: ¿Es que allí se suele llevar armas cuando se va de baile?
Ya dentro, una flotilla de camareros casi nos descuartiza. Uno tiraba de la manga para llevarte a su zona, otro te abría paso en dirección contraria señalando otra mesa. Había dos camareros para cada persona, sin exagerar, y cada cual quería seducirte para llevarte al área donde servía y así, me imagino, cobrar su comisión por las consumiciones que pidieras. Fue difícil, pero después de la espantada inicial, logramos reagruparnos y acomodarnos en unos sillones.
Generalmente no suelo bailar, pero animado por el Tequila con toronja, que bebí imprudentemente como si se tratara de un simple cubata de rón, eché un par de bailes, hasta que los 3300 metros de altitud a los que se halla situada Toluca, me dejó sin resuello. Luego me senté y disfruté viendo el espectáculo mientras charlaba con los compañeros y compañeras que se acercaban a recuperar fuerzas y tomar otro lingotazo. La realidad fue que cayeron cuatro botellas del Jimador y, al día siguiente, más de uno supimos lo que allí llaman “la cruda” y que no es una simple resaca sino algo que no le recomiendo a nadie. ¡Algo realmente crudo, de difícil digestión!
La lista de los participantes en la aventura nocturna, no la voy a dar, ni voy a contar más detalles, aunque al día siguiente resultaba evidente quienes habían formado parte del grupo descarriado. Tampoco voy a decir quienes se lo pasaron muy bien, regular o menos bien, para no inmiscuirme en camisas de once varas.
Lo cierto es que, al día siguiente, en la visita turística, nos llevaron a ver los vitrales de Toluca pero yo fui incapaz de quitarme las gafas de sol. La luz me torturaba, abría brechas en mi cerebro y me diluía en el océano sin fondo de un tremendo dolor de cabeza. En una tienda de los soportales, cerca de la plaza principal de Toluca, compré una botella de litro y medio de agua y me la bebí casi de un trago. Los microbios debían de estar todavía borrachos cuando el agua los pilló desprevenidos y los ahogó, porque lo cierto es que, a pesar de “la cruda”, comencé a encontrarme mejor. Luego los abrazos de despedida, alguno de ellos muy especial. Voces para la educación se había terminado. Ya sólo me restaba un día en casa de Ylia y el viaje de regreso a España, de nuevo otras doce horas volando por encima del océano en el interior de un montón de hojalata.
Y llegados a este punto del relato, se preguntarán ustedes por qué en la anterior crónica y en ésta ya no aparece la heroína. Pues por una cuestión muy simple. Si este escrito se tratara de una ficción literaria o cinematográfica, el guionista o el narrador, para hacerla desaparecer, podría recurrir como un prestidigitador a cualquier estratagema: No sé, matarla, convertirla en un ser despreciable que no le prestaba atención al príncipe desencantado que la pretendía, obligarla a desvanecerse entre las nubes como un ángel en un proceso de transustanciación con la divinidad o, incluso, retirarla a un convento de clausura, etc. Pero como ésta no es una ficción sino la pura realidad, y la heroína es de carne y hueso, ha decidido ejercer su legítimo derecho a la privacidad, por lo que no la he mencionado más, aún a sabiendas que los dejo a ustedes con la dulzura de la miel o la amargura de la hiel en la boca, si bien para consolarles les diré que tengo una foto de ella subida al Macchu Picchu al hilo de la cual he escrito este poema:

DIOSA DEL MACCHU PICCHU

Alas sobre el cielo,
sobre la niebla, sonrisa
vertical de las alturas
dominando el aire,
el éter, diosa
que camina sin zapatos
por las nubes
y dilata el corazón.

Mi voz se vuelve llanto,
cuando te pienso,
mi abrazo, viento
que se adhiere al sol
cuando te abraza,
mi boca lluvia de azul
cuando te besa
desde más allá del firmamento.

Tu cuerpo enhebrado a la roca
como un mágico vestigio
que destila el universo,
cometa sin hilo que atrapa
la corriente de mi sangre,
enredadera astral
por la que trepan
todas las esencias
y se hunden los abismos.

Marzo 2006©Fernando Luis Pérez Poza
Pontevedra. España
http://www.eltallerdelpoeta.com

Crónica de un viaje a México VI

8 febrero 2009

CRÓNICA DE UN VIAJE A MÉXICO (VI)

Ixtapan de la Sal era un México distinto al conocido por mí hasta ese momento, abierto a la naturaleza, con termas de agua caliente que al evaporarse forman sal. Un lugar plenamente turístico y por lo tanto muy cuidado, del que apenas pude disfrutar pues me encontraba francamente mal. La sensación de fiebre iba en aumento, la garganta se ponía ronca por momentos, el moquillo flirteaba en la pituitaria y solamente el pañuelo lograba enamorarlo, pero allí habíamos ido a recitar y habría sido una decepción para los chavales, que nos esperaban sentados en sillas en el patio del colegio vestidos de uniforme junto a algunos padres y los profesores, que alguno no lo hiciéramos.
Hasta allí nos trasladó una ranchera, un coche grande, en cuyo último asiento nos sentamos el poeta colombiano afincado en Nicaragua, William Agudelo, que había venido al encuentro en compañía de Ernesto Cardenal, y yo. No recuerdo el tiempo exacto pero dos o dos horas y media de viaje por carretera debimos de tardar en recorrer la distancia, lo que me permitió mantener una conversación un poco más larga con William que las que hasta ese momento había desarrollado con otros participantes, salvo con mi compañero de habitación Ignacio Martín. Era originario de Antioquía pero llevaba unos diecisiete o dieciocho años en Nicaragua, me contó, y al igual que el maestro Cardenal en estos últimos tiempos se dedicaba a la escultura. Me cayó francamente bien.
En el colegio, el recibimiento fue apoteósico, como el día anterior. Después de haber vivido aquello uno comprende perfectamente la emoción que debió sentir Pau Gasol cuando el otro día debutó en el All Stars de la NBA y los que solemos organizar algunos acontecimientos poéticos sabemos, también, con certeza, visto lo visto, que va a ser muy difícil superar el listón que ha trazado Lina Zerón con la organización de “Voces para la educación”. Eso sí, la coletilla “Fernando Zamora Morales, Secretario General del Sindicato de Maestros al Servicio del Estado de México” nos perseguía a todas partes, resonaba en el cerebro como un eco, como un tañir de campanas que casi nos vuelve a todos tontos, como el famoso eslogan de las ferias “compre, compre, compre, la muñeca chochona” o “que alegría, que alboroto, le ha tocado el perrito piloto”. Era el precio político que había que pagar para que el evento se pudiera haber organizado y yo creo que así lo entendimos todos.
En Itxapan recitó también Sarah Carrera, de Senegal, cuya sensualidad me fascinó desde que la conocí y yo creo que también a todos los escolares mexicanos, que la miraban hipnotizados, pendientes del más mínimo gesto, del más mínimo movimiento o sonido, del más leve pestañeo, a pesar de que ella recitara principalmente en francés. Su presencia creo que fue una de las que más impactó a los asistentes en casi todos los lugares en los que coincidí con ella.
El procedimiento fue el mismo que el día anterior: recital de los cinco o seis poetas que viajábamos en aquel grupo, turno de preguntas y respuestas, entrega de regalos y firma de autógrafos. Yo había llevado a México un maletón lleno de libros por lo que, en todos los colegios donde tuve oportunidad de participar, dejé alguno de los míos para la biblioteca escolar. Además, nunca mejor dicho, cada vez que entregaba algún libro me sacaba un peso de encima o, al menos eso pensaba, pues finalmente cuando les regalé mi libro a la mayoría de los poetas del encuentro, ellos me correspondieron con el suyo, con lo cual el maletón nunca llegó a bajar realmente de nivel y se vino de vuelta para España casi con el mismo peso.
Ese día comimos en Ixtapan de la Sal, en el comedor de una residencia de descanso propiedad del Sindicato de Maestros que tenía incluso baños termales. Lo que me extrañó es que disponiendo de aquellas instalaciones en un lugar tan privilegiado no se hubiera montado allí el centro de operaciones del encuentro, lo que indudablemente habría abaratado muchísimo el coste y nos habría proporcionado la oportunidad de experimentar los baños termales, asunto al que soy muy aficionado. Este comentario lo hago de manera poco objetiva, más por mi afán de termas que por lógica, pues el problema de desplazamientos que se habría planteado entonces habría sido mayúsculo.
Después de comer regresamos al hotel casi justo a tiempo para ir al recital de la tarde, en el Salón de Actos del Sindicato. Allí permanecí casi todo el acto, durante el cual una periodista de la televisión me hizo una entrevista que luego, me contó Nacho Martín, la han pasado un montón de veces por una cadena de Toluca. No sé con qué cara saldría en la pantalla, pues el malestar físico iba en aumento, el paracetamol ya no servía de nada ni alternándolo cada cuatro horas con una aspirina. Lo cierto es que un poco antes de finalizar, Ylia y yo nos cogimos un taxi y regresamos al hotel, pasando previamente por una farmacia para comprar algún medicamento, pues me estaba quedando sin voz.
Para hacer tiempo hasta la hora de la cena, tomamos algo en el bar del hotel. Le pregunté al camarero si había algún cóctel que me fuera bien para la garganta y me recetó una mezcla de ron caliente con miel y limón al que le dio un nombre muy simpático, que ahora no recuerdo, algo así como “la bomba” o ese nombre me viene a la mente porque el primero me alivió bastante, el segundo me alegró el cuerpo y el tercero fue como una bomba que explotó en mi interior y me elevó casi al sumum de la relajación, como cuando realizo algún ejercicio de respiración de yoga para occidentales. Luego vino la cena y, organizada por el poeta mexicano Arturo Jiménez, una pequeña lectura poética en la zona de sillones del hall del hotel, la cual abandoné pronto pues entre unas cosas y otras estaba que no podía con el alma.
Y llegado a este punto, en el que ha salido a colación Arturo Jiménez, al cual aprecio bastante pues tuve oportunidad de hablar con él en varias ocasiones e, incluso al final me ofreció que participara en una velada poética en D.F. de las que organiza, voy a aprovechar para darle un pequeño y cariñoso tirón de orejas, por un comentario un tanto “boquiflojo” que me hizo y al que, en el momento, no di demasiada importancia aunque al incluirlo aquí pudiera parecer que sí lo hice, y que consistió en mentar a Hernán Cortés como mi antepasado.
Yo como español no me siento responsable de lo que hizo ese señor y toda su banda de cuatreros en América, amparados por la corona española, como pienso que los actuales habitantes de Roma no son responsables de lo que hizo Nerón, Julio César o Calígula cuando los romanos dominaron toda Europa, o los árabes en la conquista de España, o los escandinavos en las correrías vikingas por las costas gallegas en vitud de las cuales por estas tierras abundan las personas rubias, de ojos azules y las pelirrojas. Tampoco me siento ni más ni menos responsable que cualquier ciudadano de a pie, del país que sea, de las fechorías y tropelías que puedan estar cometiendo las multinacionales, do quiera que actúen, cualquiera que fuere su nacionalidad, que las hay de todas si es que tienen nacionalidad. Por lo tanto, quede constancia de que esos comentarios que a veces circulan y que alguna gente en ejercicio de una especie de mengua intelectual inexplicable o alegre “suelta de borregos”, por utilizar un mexicanismo, deja caer como quien no quiere la cosa, me parecen de mal gusto o, al menos, una manera de tratar de “buscarle chichis a las culebras”, por utilizar otro mexicanismo. Creo que Arturo se dio cuenta de eso y al día siguiente hizo un amago de pedir disculpas, lo cual le honra, ya que yo soy el primero en meter la pata hasta el codo, a veces, y tengo, también, mis defectos además de ser un poco “chaparro y botijón”. Y, al mencionar el detalle no lo hago con ánimo de revancha, pues creo que la contestación que le di en su momento fue suficiente (puestos a sacar parentescos es más problable el suyo con el susodicho Hernán Cortés que el mío, pues a fin de cuentas mis antepasados se quedaron en Galicia por aquél entonces, y los suyos no), sino para que en el futuro otras gentes eviten utilizar una retórica tan poco sólida y que puede ser interpretada como un intento de ofensa, y digo “intento”, deliberadamente, pues no ofende quien quiere sino quien puede y, además, no me quedó muy claro si esa era realmente la intención de Arturo o fue, simplemente eso, una alegre “suelta de borregos” como decía antes.
Ese día también tuve oportunidad de hablar algo o, por lo menos, saludar, a dos excelentes poetas, Thelma Nava y Raquel Huerta, mujer e hija de uno de los grandes de la poesía mexicana, Efraín Huerta, que se han ganado el derecho a figurar en muchas de las antologías latinoamericanas que existen en la actualidad por su calidad. Yo ya tenía referencia de ellas a través de un crítico literario de la Universidad Iberoaméricana de México, Gilberto Prado y Galán, con quien había coincidido un mes antes en España, en el Seminario Internacional de Traducción. Fue para mí un honor y espero que en el futuro se concreten algunas líneas de colaboración que esbozamos Raquel y yo en aquellas fechas, cuestión que es bastante posible si Raquel viaja a España, como me ha anunciado, a primeros de mayo, ya que tendremos oportunidad de profundizar en ellas. La principal, un estudio sobre la poesía mexicana del siglo XX en el que ya estoy trabajando con mucho entusiasmo.
Cuando esa noche di por concluida la lectura en el hall y pillé la cama, atiborrado de medicamentos, las sábanas me supieron a gloria. Una vez más había que descansar, ya que al día siguiente sería el último recital, en un colegio de Toluca, esa vez acompañando a un plantel de lujo: Ernesto Cardenal, William Agudelo, Sarah Carrera y Luis Antonio García.

Febrero 2006©Fernando Luis Pérez Poza
Pontevedra. España

Crónica de un viaje a México V

8 febrero 2009

CRÓNICA DE UN VIAJE A MÉXICO (V)

Ese día Miriam se quedó a comer en el hotel y mi estancia en México comenzó a ser un “Vivo sin vivir en mí, / y de tal manera espero, / que muero porque no muero”, en palabras de Santa Teresa de Jesús. Mis ojos la buscaban por todos los rincones, la seguían allí donde la encontrasen y, de una manera o de otra, procuraba situarme siempre lo más cerca posible. También se nos sumó Ylia, quien había asistido como oyente al recital de la mañana y a quien agradezco todo el apoyo moral y la amistad que me prestó en esa primera aventura latinoamericana.
Por la tarde, tuvo lugar la sesión inaugural del encuentro, en el Salón de Actos del Sindicato de Maestros al servicio del Estado de México. El mismo coche en el que habíamos viajado por la mañana nos acercó desde el hotel. Al llegar al local, nos pasaron a una sala donde nos sentamos y tomamos un café. Y en esas me hallaba, cuando me soplaron al oído una comunicación y recibí una grata sorpresa: Una periodista llamada Silvia González Tenorio, del diario El Sol, el de mayor tirada de México, estaba fuera preguntando por mí. Al salir y saludarla, me anunció:
-Soy Silvia del diario El Sol y traigo una encomienda.
-Dígame… ¿Cuál es la encomienda?
-Pues que tengo que hacerle una entrevista.
La verdad es que no lo esperaba, pues aunque había efectuado algunas gestiones en ese sentido y movido algunos hilos importantes, no había obtenido una respuesta directa. Pero con aquello de la encomienda, enseguida sospeché que, en realidad, no podía ser otra cosa que la respuesta a mis intrigas periódisticas.
Fue una conversación interesante, en la que utilicé como punto de referencia el estudio sobre “Internet como vehículo de expresión poética” y que acaba de ser publicado en el volumen de actas del V Seminario Internacional de Traducción. Después me pidió permiso para que el fotógrafo me sacara unas fotos, a lo que accedí, no sin antes advertirle que casi siempre salgo con los ojos cerrados. De hecho, en las tertulias del Taller del Poeta hay una especie de concurso a ver si alguien me logra sacar una foto con los ojos abiertos y he de decir que muy pocas personas lo han conseguido. Pero ella le quitó hierro al asunto y me dijo:
-¡No sé preocupe, que va a salir” padrísimo” y en portada!- lo cual fue ya la confirmación de que la comunicación que le había remitido a Mario Vázquez Raña, el propietario del periódico, anunciándole mi presencia en México y mi participación en el encuentro, había surtido efecto.
http://www.oem.com.mx/elsoldetoluca/051124/local/6local.asp
Me tocó intervenir en la sesión inaugural junto a Ernesto Cardenal, Lina Zerón, Jorge Meretta y otros, lo cual agradezco enormemente a Lina, ya que los 49 poetas participantes solamente lo hacíamos cada uno una vez en los tres días que duraban los recitales de la tarde yser incluido en esa sesión constituía para mí un honor enorme. Una persona que asistió como espectador ha hecho una pequeña crónica de la misma: http://encuentrospoeticos.blogspot.com/ .
No sé, es difícil describir lo que uno siente en esos momentos. Piensen que uno llega allí después de un esfuerzo enorme de aprendizaje, estudio y trabajo en el mundo de la poesía, que ha cruzado el océano atlántico por primera vez en su vida, se encuentra a tres mil metros de altura, se ha enamorado perdidamente e intervenido ante mil y pico niños por la mañana, le acaban de hacer una entrevista que saldría en portada del diario de mayor tirada de México al día siguiente y, aún por encima, lo ponen en una mesa a recitar en la sesión inaugural junto a uno de los poetas míticos y legendarios vivos de latinoamérica como es Ernesto Cardenal así como otros de gran trascendencia en el panorama poético latinoamericano. Un día realmente tremendo en el que tuve que hacer un verdadero esfuerzo para que la emoción no me quebrara la voz cuando me tocó recitar.
Al terminar, regresamos al hotel y tras la cena, nos retiramos temprano a dormir. Yo empezaba a notar los efectos de la altura, la contaminación, la tensión, el cambio de vida. Me toqué la frente para ver si tenía fiebre en el cuerpo además de la que sentía en el corazón. La garganta se resentía y tomé un paracetamol en previsión de un principio de catarro o de gripe. Al día siguiente me tocaba recitar en Ixtapan de la Sal con otro grupo en el que no se encontraba Miriam. Mr. Hide hacía estragos y mis ojos la miraban como cuando se mira al cielo y uno piensa: ¡Qué lejos está!

Febrero 2006©Fernando Luis Pérez Poza
Pontevedra. España

Crónica de un viaje a México IV

8 febrero 2009

CRÓNICA DE UN VIAJE A MÉXICO (IV)

Cuando llegué a la habitación, con las maletas a cuestas, después de haber recorrido el kilómetro largo (exagerando un poco) que había desde el hall, estaba extenuado. La falta de aire por la altura a la que se halla enclavada la ciudad de Toluca, me había desfondado.
Allí estaba Ignacio Martín, salmantino reconvertido en mexicano, que lleva ya trece años en el D.F. Me cayó muy bien desde el principio y sintonizamos perfectamente. Lina había elegido bien al que iba a ser mi compañero de habitación y a soportar mis ronquidos durante esos días.
Por la noche, los miembros del Sindicato de Maestros nos ofrecieron una cena de bienvenida, con espectáculo de danza incluido, todo luz y color, cena que culminó con la foto de rigor de todos en el centro del salón y, después, ya nos fuimos a dormir, pues el hotel quedaba en las afueras de Toluca y a la mañana siguiente empezaba el ciclo de recitales en colegios y en el salón de actos del Sindicato. Había que estar en forma. Lamenté que Eve Gil, con la cual había mantenido algún contacto por internet no se encontrara bien, debido a una gripe, y no bajara a la cena, pues deseaba conocerla personalmente, pero en la mesa se sentó a mi lado su marido con quien departí amigablemente. Tendría tiempo de charlar con ella en los días siguientes y programar algunas colaboraciones con mi editorial, ya una vez recuperada.
En la cena también escuché por primera vez al maestro de ceremonias del Sindicato de Maestros. Un tío auténtico, capaz de vender lo que se propusiera y siempre con la palabra acertada en la boca o en la punta de la lengua, es decir, “Fernando Zamora Morales”, el nombre del secretario general del Sindicato de Maestros. ¿3.000, 4.000, 5.000 veces se lo escucharía pronunciar en tres días? Me parecen pocas. Al pavo ese le dan un megáfono y lo ponen a vender muñecas chochonas en una feria, y arrasa.
A la mañana siguiente bajamos a desayunar. Había buffet libre lo cual agradecí pues eso me permitió probar, a lo largo del encuentro, muchas especialidades gastronómicas mexicanas. Me encantó la comida. Tanto que a mi regreso traje la maleta llena de una enorme variedad de chiles para poder cocinar aquí las mismas salsas. Los quesongos, tacos con queso y champiñones, se han convertido ya en uno de los elementos indispensables de mi dieta, así como el cilantro. El poupurri de frutas tropicales, absolutamente tremendo, me transportó al cielo.
Pero fue realmente al salir del comedor cuando noté que algo mágico sucedía en mi entorno. ¿Alguna vez han sentido ustedes en un día gris que de repente se abre el cielo y por el hueco sale un rayo de sol esplendoroso que te nubla la vista, te ciega y te deja con el cerebro completamente a pájaros? Pues eso es lo que sentí yo cuando me presentaron a una poeta de Toluca, una niña de 22 años, llamada Miriam Suárez. El rayo de sol que me dejó así fue su sonrisa. Después me comunicaron que ella me acompañaría a dar el primer recital, allí mismo en un colegio de Toluca, crónica de cuyo acto escribió en su blog la madre de uno de los niños del colegio que asistió al recital y que se puede leer (la tercera noticia que aparece en el blog) en la siguiente dirección: http://susanncastillo.blogspot.com/2005_11_01_susanncastillo_archive.html .
Un coche con pinta de oficial nos recogió a los dos en la puerta del hotel. Uno de los poetas previstos no podría asistir y el otro saldría directamente al colegio. Así que, de repente, me encuentro en un país extraño pero que siempre había deseado conocer, en el asiento de atrás de un flamante coche negro con conductor y un maestro del sindicato en actitud de escolta, acompañado de una excelente poeta, como podría comprobar después, y algo así como la reina que había presidido mis sueños desde el momento que nací y me di cuenta de que existían las mujeres. ¡Lástima que aquel encuentro se produjera a mis 47 años, de regreso ya de demasiados sitios, cuando los defectos de uno le van ganando la partida a las virtudes y el horizonte se muestra tan cerca que hasta casi se pisa!
La llegada al colegio fue apoteósica. Por un momento me sentí como Magic Johnson en una final de la NBA. Entre 1.000 y 1.400 niños nos esperaban, sentados en sillas en el patio del colegio, vestidos de uniforme, de punta en blanco, con corbatita y pantalones cortos o falda. Tras la bienvenida de la directora del colegio y el claustro de profesores fuimos subiendo a la tribuna y ocupando nuestro lugar en la mesa presidencial montada al efecto. Por la megafonía se iban mencionando nuestros nombres: -¡Y ahora desde España el poeta Fernando Luis Pérez Poza!, como cuando los jugadores saltan a la cancha, mientras los niños rompían en una ovación de gala. Percibí que Miriam, con la emoción del momento, desprendía un halo de ternura a su alrededor y sentí unos deseos tremendos de abrazarla, cosa que hice completamente pero sólo en mis pensamientos. Parecía una hoja en la madrugada, mecida por el viento, con una gota de rocío dibujada en el centro del corazón. A mí hasta e me asomaron algunas lágrimas a los ojos. Jamás había pensado que viviría una escena así. Los jugadores de la NBA están acostumbrados, los poetas no lo estamos.
Empecé yo y me siguió ella en el capítulo de recitado. Me sorprendió la madurez literaria que desprendía la poesía de Miriam. Después otro excelente poeta de la zona, Luis Antonio García. Tras un descanso y un refrigerio en la sala de profesores, se renanudó la sesión y los alumnos nos sometieron a un largo interrogatorio de preguntas.
Al término del recital, el colegio nos obsequió con un lote exquisito de productos y conservas de la zona y nos hartamos de firmar autógrafos durante más de una hora, hasta que el conductor y el maestro acompañante, nos rescataron de la multitud de niños. Concluía así la mañana del primer día y otra excelente comida nos esperaba en el hotel. Sólo que yo ya no era el mismo, algo nuevo y muy profundo, un sentimiento muy dulce y al mismo tiempo amargo, se había apoderado de mis venas. Sabía que ella era una princesa y yo… pues eso, un poeta que había rebasado el ecuador de la existencia y que sabe que las estrellas del cielo están tan altas que es imposible aferrarse a ellas. Mr. Hide cavaba una sepultura en mis pensamientos y me daba latigazos por dentro hasta convertir en cilicio mis sentimientos.

Febrero 2006©Fernando Luis Pérez Poza
Pontevedra. España

Crónica de un viaje a México III

7 febrero 2009

CRÓNICA DE UN VIAJE A MÉXICO (III)

Fue difícil encontrar la sede del PRI, como debe ser difícil encontrar cualquier lugar en D.F. Es una ciudad enorme y cualquier conductor, incluso uno que haya sido boy scout de primera clase, y que haya aprendido a orientarse por las estrellas, necesitará plano, brújula y detenerse a preguntar una docena de veces a los transeuntes para encontrar su destino, y aún así lo tendrá crudo. Pero lo importante es, como dicen por allí, “echarle copal al santo, aunque le jumees las barbas” y no arredrarse, en otras palabras, continuar el camino con decisión hasta alcanzar el objetivo. Lo cierto, es que después de unas cuantas vueltas, paradas en las que nos bajábamos a respirar pues los coches iban hasta los topes, una pregunta aquí y otra allá, llegamos al punto de encuentro.
La subida de las escaleras fue gloriosa, yo con las dos maletas colgadas de las orejas y arrastrando el bolso de bandolera por el suelo ya que la colgadera se había bajado del hombro al codo, mientras las cámaras de la televisión lo filmaban todo. Mi apariencia era tan estrambótica que por un momento me sentí tan ridículo como Woody Allen, en una de sus películas, en la que se fuga de la cárcel a punta de pistola fabricada con jabón y teñida de betún un día lluvioso y cuando llega a la puerta final, después de haber cruzado el patio para dar el último pistoletazo y ganar la libertad, se encuentra que en la mano solamente le quedan pompas, con lo que el alguacil lo regresa a la celda. No obstante, me dije a mi mismo algo que acababa de aprender: “no te me agüites, cuate” que tú eres como “el gallo de la tía Cleta, pelón pero cantador” pues en esos momentos si no se da uno “un poco de taco” los demás no te lo van a dar.
Allí estaban los poetas yucatenses y Roberto Resendiz, de Zamora, Michoacán. Con Roberto ya había mantenido algunos contactos pues desde hacía dos años me invitaba al Encuentro de Poesía de su ciudad, del cual es el organizador y alma mater, aunque siempre había declinado, cosa que no haré este año. Y poco a poco, entre vasos de toronja y agua mineral, fueron llegando los demás, y entre ellos, como no, Ernesto Cardenal. Mi gran decepción fue Raúl Zurita, de Chile, que no apareció. Lo tengo junto a José María Memet como uno de los grandes poetas chilenos vivos de la actualidad y, depués de haber realizado yo el estudio “Chile, un país poético”, me hacía ilusión conocerlo y entregarle personalmente un ejemplar del mismo, publicado en la revista Hojas de Luz. Es, además, un poeta que ha puesto difícil el listón de llamar la atención. Después de intentar incinerarse a lo bonzo o con ácido la cara, lo cual le dejó múltiples secuelas, ya poco queda para inventar en ese sentido. Ponerse en pelotas resultaría rídiculo frente a esa actitud, sobre todo si uno no tiene el cuerpo zumbón.
El maestro Cardenal hizo su entrada, pero saludó muy poco, solamente a los que se le acercaron. No me sorprendió, pues los años no pasan en balde y él ya tiene bastantes lustros encima. Así que no tuve tiempo de decirle lo que me habían encargado en España algunos amigos, y es que nunca debió arrodillarse para recibir el chorreo o la reprimenda que le dio el Papa en el aeropuerto de Managua. Pero bueno, para gustos pintan colores y me habría parecido un sin propósito entrarle de esa manera. Así que me reprimí y lo dejé estar sin darle la vara, auque lo suelte ahora.
En el autobús se sentó a mi lado el poeta yucatense Oscar Sauri. Un tío interesante. Me agradará verlo próximamente cuando visite su península, rumbo a Zamora, pues estoy preparando la de dios es cristo para el próximo mes de junio, por aquellas tierras. O al menos eso espero, si mantiene su generosa oferta hospitalaria, realizada mientras trepábamos en bus los mil metros en altura que separan la ciudad de México de Toluca. En el asiento de delante iba una poeta hondureña que se rió de algunas de las gracias y chistes que contamos y con la que después, casi al final de la historia, al mismo tiempo que con otra gente, tendría la oportunidad de compartir cuatro botellas del tequila el Jimador, algo tremendo, en uno de esos antros de perdición que no nos enteramos hasta el último día rodeaban el hotel. ¡El equivalente al quiosko de las almas perdidas en Vigo! Pero no adelantemos acontecimientos.
La llegada al hotel me impactó. A mí no me gustan los lujos. Bueno, no es que no me gusten, para que nadie se lo entienda a mal, como Isabel Miralles en mi primera crónica. No me disgustan, ni tampoco dejo de valorar el esfuerzo del anfitrión en cada caso, ni entiendo que todo el mundo que frecuenta sitios lujosos sea “flor de pitiminí”, pero no los considero indispensables. Me amoldo a lo que haya. En este caso se trataba de un hotel de cinco estrellas, enorme, tal vez el mejor de Toluca. Para llegar a la habitación había que darse un paseo tan grande como el que yo solía hacer habitualmente por las Corbaceiras de Pontevedra, siguiendo el río casi hasta su nacimiento, hasta que la falta de tiempo me obligó a suprimir la costumbre. La habitación, espectacular, con camas de uno ochenta, no llevaba incorporadas zapatillas y body milk, pero sí una buena dosis de alka-setzer, lo cual agradecí en su momento.
Tengo que decir, eso sí, antes de continuar, que yo no soy un ser perfecto. La historia del Dr. Jekyll y Mr. Hide es una constante en mi personalidad. Soy bueno y soy malo al mismo tiempo. No sé por qué, pero así me siento según soplen los vientos. Y aunque tampoco sé por lo que cuento esto, pues en la historia de referencia siempre me comporté como un caballero, no creo que esté de más decirlo.
Aún por encima de la distancia, la altura te dejaba sin resuello. Me preguntaba cómo se sentiría uno haciendo el amor allí arriba, en las alturas, cuando solamente llevar dos maletas en las manos te provocaba un acabamiento digno del mejor sherpa que hubiera alcanzado la cima del Himalaya. ¿Do you understand? Pues eso, como respirar en inglés, pensaba yo que debía ser. O tal vez no, pues en el fondo, uno se encontraba allí mucho más cerca del cielo.

Febrero 2006©Fernando Luis Pérez Poza
Pontevedra. España

Crónica de un viaje a México II

7 febrero 2009

CRÓNICA DE UN VIAJE A MÉXICO (II)

Realmente apretaba el hambre, pues en el avión los de Iberia habían sido un poco escuetos de menú. Incluso en la ventanilla de facturación, cuando pregunté si el billete incluía comida me dijeron que todavía sí pero que no sabían hasta cuando mantendría esa circunstancia la compañía, es decir, que dentro de poco habrá que llevarse el bocata, la bota de vino y, si te descuidas, el orinal, pues no sé que pasa en el avión que a todo el mundo le entran las ganas al mismo tiempo y, al final, se termina haciendo cola.
Para comer Ylia eligió el Palacio de los Azulejos, me parece que se llama, en pleno centro del D.F. Un lugar cargado de historia y del cual me traje un folleto que todavía no he tenido tiempo de leer. Me pareció fantástico. Las camareras vestidas con trajes típicos, eso sí, hechos con telas Made in Taiwan, como en el resto del territorio mundial civilizado, según me soplaron al oído. Las comidas las servían en un patio cubierto que me recordaba a los de las casas sevillanas, pero de piedra negra, menos chillón, sin el blanco comeojos de las paredes andaluzas. En Sevilla había pasado una temporada en una de esas casas, con patio y balconadas interiores, a través del cual, y de balcón a balcón, se decían las inquilinas las mayores lindezas, algunas incluso de marcado acento racista:
-¡Guarra, que eres una guarra!
-¿Guarra yo? ¡Guarra tú, que te compraste una casa redonda para no tener que barrer las esquinas!
-¿Guarra yo? ¡Anda ya que te casaste con un negro para no tener que lavar a los niños!
Ni que decir tiene que probé todo lo que pude, que suele ser bastante. Una de las cosas que más me sorprendió fue la variedad de aguas: de tamarindo, de melón, etc., una costumbre que allí mismo me prometí introducir en la dieta a mi regreso al viejo continente. Y cuando terminamos y llegó la cuenta me sentí más a gusto que en Portugal: ¡Resultaba más barato y aún por encima no te cobraban los aperitivos, por lo menos como un aparte! ¡Y los nachos se podían mojar en las salsas!
Desde allí un largo recorrido en taxi hasta Atizapán, donde vive Ylia, no exento de un debate con el taxista sobre las perspectivas políticas. Al parecer, por lo que me pude enterar, la cuestión, es decir, la tarta, en México, se reparte entre el PRI y el PAM, de lo que deduje que unos son los conservadores y otros los progresistas, junto con un tal López Obrador que debe ser algo así como la mosca cojonera de los otros dos partidos. Me pareció un tío muy inteligente el taxista y con una sed de conocimientos asombrosa, lástima que, como nos dijo, los estudios académicos no hubieran estado a su alcance. Su planteamiento, el cual suscribo plenamente, estribaba en que todos los políticos, fueran de un signo o de otro, roban lo mismo, al igual que en todos los páises del mundo, pero a veces con un partido determinado en el gobierno se vive mejor que con el otro. Lo atrayente de López Obrador, según nos dijo, es que resultaba una incógnita, no en cuanto a lo de meter la mano en el saco, sino en si se viviría mejor o peor con él, ya que todavía no ha disfrutado de responsabilidades de gobierno, o eso al menos es lo que yo saqué en claro.
El tráfico me pareció de locos, como en Portugal, donde por las carreteras aunque sean de dos carriles circulan de a cuatro, ya que cuentan los arcenes como dos vias más, pero más desordenado. Lo curioso es que no vi ni un solo golpe, ni un solo accidente en todo el trayecto. Conducir en Madrid, comparativamente con el D.F., es un juego de niños, me dijo mi amiga y le doy toda la razón. Los habitantes del D.F. deben de ser unos conductores excepcionales para moverse y orientarse en aquella selva de hojalata.
En casa de Ylia tuve oportunidad de conocer a su hijo, que ha comenzado a colaborar en la distancia con mi editorial, a ver si así logramos sacar a la luz un montón de libros que se nos han quedado atascados en el archivo, y al que le acabo de publicar su primer libro de poemas. Se llama Luis Fernando Escalona y está completamente volcado en realizar su sueño de ser escritor, por lo que no dudo que lo alcanzará, pues en estas lides las únicas virtudes realmente importantes son las ganas y la constancia. Es, además, un tío equilibrado, lo cual es difícil encontrar en estos tiempos, y que ha hecho sus pinitos en el mundo musical con un CD de rock puro y duro. Y también a su abuela, la madre de Ylia, dotada de una lucidez mental tremenda. Siempre recordaré aquella casa porque por primera vez en mi vida vi colibríes, tal vez las aves más maravillosas que he observado nunca, y cuyo batir de alas me recordó en cierto modo el cierre de pestañas de una amiga tipo muñeca barbie cuando se pone seductora.
Y entre unas cosas y otras, unas toses y unos caramelos de menta para luchar contra los estragos que la contaminación estaba causando en mi garganta y en mi pituitaria, una visita a un supermercado para ver de que iba el asunto de las compras y un hacer cola en una oficina bancaria que prometía durar toda la mañana hasta que nos cansamos y nos fuimos, llegó el gran día. Lina Zerón vivía cerca de donde estábamos y mi amiga me llevó hasta allí. Por fin conocía personalmente a una de las poetas mexicanas a las que más admiro. Había hablado varias veces con ella por teléfono, intercambiado e-mails. Disponía de sus poemas grabados para un proyecto internacional mío en el que participa y que espero que vea la luz dentro de poco. Incluso un poeta y amigo común, el chileno Javier Campos, que nos conocía por separado, había encontrado cierta similitud de caracteres que nos convertía en compatibles, pero no había difrutado de la oportunidad de conocerla ni cuando vino a España, a Barcelona.
Cuando llegué a su casa fue algo así como entrar en una torre de babel poética. Peter Sagher (Rumanía) ejercía de improvisado cocinero y a la mesa se sentaban Pierre Clavillier (Francia), Phill Manzaneque (España), la sensual Sarah Carrera (Senegal), Saafa Fathy (Egipto), y la propia Lina Zerón (México), mientras el hijo de Lina demostraba sus buenas dotes de traductor. Muchos de ellos habían llegado unos días antes y la hospitalidad de Lina los había acogido en su casa. Enseguida hicieron que me sentara con ellos y, a pesar de que yo ya me había puesto morado de taquitos o quesadillas en casa de Ylia, acepté probar un champiñón al estilo rumano recién salido de la sartén de Peter, pero sólo eso.
Lina me pareció una mujer realmente hermosa, además de una excelente persona, dotada de una gran capacidad organizativa, pues montar todo aquel encuentro por mi experiencia en protocolo sé que se las trae. Una vez más la realidad superaba con creces a las fotos. Por otra parte su secretaria no se quedaba atrás.
El resto fue ya un ejercicio de ingeniería para lograr meter las maletas de todos y el raro y alargado instrumento musical de Sarah en los dos coches que nos esperaban a la puerta y que nos llevarían hasta la sede del PRI, en el D.F., donde nos reuniríamos con el resto de los poetas y desde donde partiríamos en autocar hacia Toluca, algo que temía en cierto modo, pues allí estábamos a 2200 metros de altitud, me dijeron, y el sitio al que íbamos a 3000, y mis pulmones comenzaban a notar la altura. Por otra parte, estaba contento, el encuentro estaba a punto de comenzar y por fin conocería al maestro Ernesto Cardenal.

Febrero 2006©Fernando Luis Pérez Poza
Pontevedra. España

Crónica de un viaje a México I

7 febrero 2009

CRÓNICA DE UN VIAJE A MÉXICO (I)

La verdad es que uno, acostumbrado a pasear la calva y la perilla por territorios conocidos y perfectamente delimitados por varios años de rutinas, siente un pánico tremendo cuando toma la decisión de hacer algo que finalmente resulta tan simple como subirse a un avión y cruzar el charco y sumergirse en el corazón de un país distinto, extraño, desconocido. Pero algún día había que soltar amarras y la ocasión que me brindó la poeta Lina Zerón era inmejorable: nada más y nada menos que participar, junto a Ernesto Cardenal y otros cuarenta y cuatro poetas de diversas nacionalidades y mexicanos en el encuentro Voces para la Educación, en Toluca, circunstancia de la que ha quedado constancia en la Antología del mismo nombre, publicada por el Sindicato de Maestros al servicio del estado de México, que era la entidad organizadora, y que se ha distribuido a todas las bibliotecas escolares de dicho Estado.
Aunque tengo que confesar, que desde el momento en que tomé la decisión, perdí el sueño. El comentario más extendido en mi entorno era la falta de seguridad en la capital mexicana. “Allí te atracan hasta los taxistas”, “No le preguntes nada a un policía poque lo más probable es que te robe”, “No vayas a un hospital que te birlan los riñones”, etc. ¿Para qué seguir? Ustedes ya se lo imaginan. Incluso el poeta estridentista mexicano German Liszt señalaba: “En México solamente hay tres formas de vivir: como un ladrón, como un payaso o como un mendigo. Lo primero no me gusta, para lo segundo no dispongo del ingenio necesario, así que no me queda más remedio que vivir de lo que me dan los hijos, la familia y los demás”, en una entrevista que le hicieron. Así que, con estos antecedentes y lo que revelaban, la preocupación ante el viaje no me dejaba dormir. ¿Valdría la pena el esfuerzo? -me preguntaba.
Por si las moscas, antes de marchar pasé por Valladolid, a visitar a mi hija, le compré un montón de trapos para que tuviera un buen recuerdo de su padre y me despedí de ella con un abrazo de esos en los que te dejas los brazos atrás cuando te vas. De allí viajé toda la noche a Barcelona, donde al día siguiente presentaba el segundo libro de Isabel Miralles, publicado por mi editorial. Isabel se portó de maravillas, como suele ser habitual, y eso que que le había dicho que yo no necesito lujos para vivir, que me siento más feliz en sitios normales que en esos lugares ostentosos que suelen frecuentar las flores de Pitiminí y los ejecutados por una desmedida avaricia y que no son para mí, a pesar que mi pasado como jefe de protocolo de una institución me hubiera obligado a frecuentarlos en otro tiempo.
Nada más llegar me dirigí al hotel, pues toda la noche sentado en el autobús había causado verdaderos estragos en mi esqueleto. Isabel no me había hecho caso y con la habitación hasta te regalaban unas zapatillas además de la body milk. Descansé toda la mañana y a última hora me pasó a recoger con su coche para llevarme a comer a un restaurante estupendo, el mismo al que unos meses antes había llevado a Lina Zerón, según me relató. Luego por la noche, presentación de su libro en el Colegio de Ingenieros, con cava y canapés de caviar, a cuyo término me reencontré con un buen amigo, el Cap de Protocolo del Ayuntamiento de Berga, al que hacía años que no veía y que me invitó a cenar en el L’Olivé, un lugar gastronómico que ya se ha convertido en tradicional en la capital catalana.
A la mañana siguiente tomé el avión para Madrid y, desde allí, a la una de la madrugada aproximadamente partí rumbo a México, depués de darme cuatrocientas vueltas por el aeropuerto de Barajas y haber agotado los surtidores de cañas haciendo tiempo hasta la hora de salida. En la mano, un estuche de cartón con dos botellas de aguardiente de hierbas para mi amiga Ylia, una poetisa a la que le publiqué un libro y que había conocido meses antes cuando vino a presentarlo a España, la cual se había comprometido a recogerme en el aeropuerto de México a las 7,05 A.M.
Al llegar, seguí los pasos que me había indicado, con suma atención, y salí por la puerta de la izquierda, aunque casi todo el mundo salía por la del centro. Elegí bien. No había otra puerta más a la izquierda, pero allí no había nadie esperándome. ¡Ay, Dios! El susto fue mayúsculo. Lo de coger un taxi yo solo no me hacía gracia, a tenor de los comentarios que había escuchado, el encuentro no empezaba hasta dos días más tarde y lo de llegar hasta la casa de Ylia podía ser algo así como una odisea en medio de una ciudad donde viven 18 millones de habitantes. Durante 30 minutos mi cabeza fue un caos. Estaba allí, en medio de esos dieciocho millones largos de habitantes más turistas y si saber donde meterme, y me retiré un poco del centro de pasillo del aeropuerto para pensar. Acostumbrado a vivir en una capital de provincias de ochenta mil habitantes, donde casi todos nos conocemos, hasta el propio aeropuerto me parecía una gran metrópoli. La otra opción, una pediatra con la que me escribí un montón de tiempo, a la que también le publiqué un libro, y con la que había quedado a desayunar en el aeropuerto, me había fallado a última hora: comenzaba a trabajar aquel mismo día en una ciudad de Michoacán.
Fue entonces cuando ví a Ylia allí, frente a la puerta central, esperando, y respiré, respiré profundamente, a pesar de la contaminación que empezaba a notar en el ambiente. Un amigo de ella se hizo cargo de mis maletas al mismo tiempo que ella se hacía cargo de mí.
Después de tomar algo en su casa y dejar las bártulos nos fuimos en un taxi, de los seguros, ya que hay otros dos tipos que al parecer no son tan seguros, a la fundación René Aviles Fabila, donde nos recibió la mujer del escritor. Nos enseñó la fundación y nos regaló alguno de los últimos libros de René, dedicados. La Revista en papel de la Fundación, “El Búho”, publicó ese mes un poema mío, lo cual agradecí con la entrega de algunos de mis libros para su biblioteca. Tras la visita, Ylia y yo nos sumergimos en el maremagnum del centro de México, D.F, realmente toda una aventura.
Lo primero que me sorprendió es que los semáforos eran muy especiales, tan especiales que casi nadie les hacía caso. Para cruzar la calle, lo mejor era no guiarse por ellos, sino esperar a que pasara una ola de vehículos, o hacerlo mientras éstos se hallaban parados a causa de algún embotellamiento. Como se te ocurriera pisar la calzada cuando estaba en verde para peatones, lo tenías crudo, y lo más probable es que terminaras como carne picada sobre el asfalto víctima de la marea motorizada. Me recordó mucho a una obra de Wenceslao Fernández Flórez, de tipo irónico y humorístico, que había leído siendo un chaval y que se titula “El hombre que compró un automóvil” si mi memoria no me falla.
Por otra parte, habíamos recorrido varias calles del centro y nadie nos había atracado, lo cual me hizo cobrar algo de confianza. A pesar de que el cambio de horario, las seis o siete horas de diferencia con España y las doce horas de avión sufridas me mantenían en un estado de aturdimiento atroz, empecé a disfrutar del momento como un enano subido a un rascacielos, con perdón para los bajitos.
Era un mundo distinto y a mí todo lo nuevo siempre me ha atraído. Mis ojos se convirtieron en cámaras fotográficas que registraban una a una las imágenes en el interior de mi cerebro. Mis oídos en una grabadora de sonidos. Los vendedores de recuerdos extendían sus alfombrillas alrededor de la plaza, llenas de objetos multicolores. El tráfico funcionaba por mareas. Me sentía como un niño con zapatos nuevos. Por fín había dado el gran salto. La poesía me había llevado al otro lado del océano en un primer viaje y empezaba a ser consciente de que no sería el último. Mis pies pisaban el corazón de México, D.F., una de las ciudades más grandes del mundo y la experiencia me resultaba enormemente placentera.
Ya tranquilo, alejado del estereotipo que las malas lenguas habían creado en mí cerebro, continué el paseo por todas aquellas calles y plazas hasta que comenzó a apretar el hambre.

Diciembre 2005©Fernando Luis Pérez Poza
Pontevedra. España